Cuando has leído a un autor con admiración acabas amándole, y es por eso que para muchos lectores y lectoras de Julian Barnes será difícil empezar a leer Despedidas (Ángulo Editorial) sin sentir una pizca en el corazón. Antes de empezarlo ya sabemos que éste es el último libro que leeremos del autor. Así lo ha explicitado él, tanto en el título como en las entrevistas que le han hecho. Barnes tiene ochenta años, está enfermo y no quiere dejar un libro a medias, así que, con una serenidad no exenta de ironía, decidió que éste era el punto y final en su carrera literaria.
Julian Barnes nos tiene acostumbrados a su peculiar manera de escribir, mezclando géneros y jugando a confundir al lector. Este estilo suyo se agudiza en Despedidas, donde nunca sabes a ciencia cierta si estás leyendo ensayo, ficción o memorias. También hay, en este libro, un montón de referencias a otros autores: Proust, Virginia Woolf, Oscar Wilde, Updike, Flaubert, George Sand, Rimbaud, Chéjov, Edith Wharton... Resulta evidente que Barnes se pasea por sus lecturas con la misma comodidad y pesar con los que se pasea entre los suyos.
Despedidas comienza con una larga y profunda disertación sobre la memoria. Barnes viaja de la ironía al pesar, ya veces consigue una mezcla potente en una sola frase, como cuando habla de una chica que conoció en tiempos universitarios y dice: "Ahora quizá esté muerta, como la mayoría de mis amistades de aquellos tiempos y de ese lugar".
En una segunda parte, el escritor nos dice que nos contará una historia real (mientras insinúa que a los escritores no hay que creerles nunca). Es la historia de Jean y Stephen, dos amigos suyos de la época universitaria a la que él mismo presentó, ya los que prometió que nunca escribiría sobre su particular historia de amor.
Sin solución de continuidad, Julian Barnes nos habla de su cáncer en la sangre, "una afectación –dice el médico– que no se puede curar, pero que es controlable". Tras este fatal diagnóstico, llega la pandemia, y el Barnes autor de Despedida habla así del Barnes protagonista del libro en ese momento: "El escritor, en cuarentena dentro de su casa, de una víctima de un cáncer en la sangre, mientras a su alrededor se esparce exponencialmente una plaga. Parece una novela mala, o como mínimo sudorosa. Sin embargo, hay temas prometedores. coronavirus. Preferiría morir a causa del cáncer en la sangre". Y remacha: "Él preferiría morir por la enfermedad que sufre, muchas gracias, no por la enfermedad de alguien".
Más adelante vuelve a hablar de la historia de amor de la que él es testigo privilegiado (y bastante implicado). Es ahí donde, admite Barnes, se confunde la vida con la ficción.
Antes de terminar, Barnes todavía nos regala unas cuantas perlas: "Mucha gente piensa lo mismo, cree que la vida es o debería ser justa, pese a las pruebas abrumadoras en sentido contrario". Una mirada lúcida, sabia y sarcástica de la que, como lector, te sabe muy mal tener que despedirte cuando llegues a la última página.