Son ricos simétricos, de esos ricos que son guapos ambos. Comen en la terraza de un restaurante de la zona alta, cerca de Catalunya Ràdio. Ella lleva una gorra de tenis y va con pantalones cortos. Lleva esa ropa informal que ves, a veces, en las revistas. Él, que se llama Alberto, es rubio y va vestido de manera más formal. Camisa de firma y pantalones de lino.
"¿Miramos lámparas?", le pregunta él. Y hablan de lámparas según un catálogo que él consulta en el móvil. “Mira, amor, ¿para la habitación? ¡Uy, este no, que es horroroso”. Y ella hace: “Horroroso, sí”. “¡Mira qué perrito más mono!”, dice él, mientras observa un perro que viaja dentro de un bolso y que lleva un peinado más caro que el mío. Y ella: “¡Ay, sí!” También están de acuerdo con la belleza canina y se contestan cada uno de los comentarios, pues. Por la manera como comen –él, un solo plato contundente; ella, dos ligeros–, se entiende que todavía les gusta “el acto” de comer juntos más que la comida. Seguro que, en esta casa que se están arreglando, hoy por la noche pondrán la mesa y la comida no será tan importante como ahora los platos y los manteles. Una ensalada, un corte de carne, copas de vino, todo ceremonioso, con cubiertos de esos para coger la lechuga. El sofá –que debe ser lujoso– tendrá sentido para tumbarse a ver una serie, pero les entrará sueño.
De manera que están en aquel estadio de la pareja en que los dos miembros están de acuerdo con la decoración y el que delega lo hace de gusto, reconociendo el don del otro, nunca luchando. No saben, porque todavía falta mucho para el aburrimiento y la rabia, que un día uno de los dos –si es una pareja heterosexual, será él– no querrá de ninguna manera ir a ver cosas de “el hogar” y no le gustarán nada o le serán iguales las que a ella le gusten. Falta mucho, todavía, para que no se contesten los comentarios sobre perritos. No pueden saber que un día, un día concreto, se molestarán en la cocina, y que por muy grande que sea la cocina uno esperará con rabia, con un plato en la mano para dejar en el fregadero, que el otro cierre el cajón de la basura. No saben que ahora son pajaritos y un día serán abejas furiosas. Que sean ricos lo ralentizará un poco –la riqueza siempre ralentiza la rabia–, pero de aquí a diez años me los encontraré, furibundos, comiendo aquí.