La difícil guerra europea de las vacunas

La ciencia ha conseguido acelerar hasta límites impensables la producción de una vacuna contra el covid-19. Cuando empezó la pandemia, se hablaba de que harían falta quizás cinco años o más para tener una vacuna e, incluso, no estaba claro que se consiguiera una. En un año, sin embargo, la vacunación ya ha empezado en varios países afortunados en función de la disponibilidad del producto. Hay que recordar este hito porque ahora que hemos entrado en una nueva fase de máxima impaciencia, con el miedo de que las nuevas variantes anulen la efectividad de las vacunas, estamos leyendo como un fracaso lo que es en realidad un éxito de la colaboración global.

Uno de los problemas es que los políticos, presionados por una ciudadanía harta, angustiada y cada vez más sublevada por las restricciones, han prometido más de lo que podían. El objetivo, decían, era que el 70% de la población europea estuviera vacunada a finales del verano, pero no se tenía en cuenta el reto que esto suponía y las dificultades que habría por el camino. Podía pasar, y ha pasado, que hubiera un problema de suministro por cuestiones técnicas, o también que hubiera competición económica entre países para conseguir primero las dosis, y no era descartable que el afán de ganancias provocara especulación y corrupción.

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El primer caso llegó con la vacuna de Pfizer, que redujo drásticamente sus entregas porque tenía que ampliar su planta para aumentar la producción. Esto ha supuesto, por ejemplo, que estas dos semanas hayan llegado muchas menos dosis y que en Catalunya posiblemente 10.000 personas tengan que esperar más de lo previsto para recibir la segunda dosis. Acabarán llegando, pero a un ritmo más lento. Tampoco hay todavía muchas dosis de la vacuna de Moderna, que no agilizará las entregas hasta entrado el mes de febrero. Y ahora, además, AstraZeneca, que comercializa la denominada vacuna de Oxford, la más barata y fácil de poner y almacenar, ha avisado que solo podrá servir un 25% de lo que había comprometido porque las dos plantas que tiene en Europa están produciendo a un ritmo más bajo de lo que se esperaba.

Aquí es donde se ha destapado la caja de truenos, porque la Unión Europea le acusa de incumplir el contrato, le exige que entregue dosis de las que se fabrican en las plantas del Reino Unido para distribuirlas en Europa, y también insinúa que está vendiendo vacunas fabricadas en las plantas europeas a terceros países, cosa que la compañía niega. Este "Europe first" es difícil de gestionar. La UE ha querido negociarlo todo en bloque, cosa loable, pero se le acusa de secretismo, de haber hecho tarde en relación a otros países y de haber querido negociar el precio demasiado a la baja. Después de unos días de máxima tensión entre AstraZeneca y la UE, parece que en las últimas horas se han calmado un poco los ánimos, pero no está claro que se consiga que la compañía entregue más vacunas ni que las saque de otras plantas para dárselas a Europa. Falta mucho para conseguir la inmunidad, tendremos que tener paciencia, y sobre todo hay que recordar que hasta que la vacunación no llegue a todo el mundo nadie estará seguro. La inmunidad, como la ciencia, tiene que ser global para que sea efectiva.