La difícil misión de negociar con Putin

No está claro cuál es el objetivo de las últimas maniobras del presidente ruso, Vladímir Putin, que hace ver que retira tropas de la frontera con Ucrania en lo que parece un nuevo estratagema para engañar a Occidente. La OTAN, de hecho, no da ninguna credibilidad a las informaciones del Kremlin y considera que Rusia continúa acumulando fuerzas en la frontera, un movimiento que recuerda inevitablemente a los inicios de las dos guerras mundiales que asolaron el continente europeo durante el siglo XX. No está claro si Putin va de farol y en realidad no tiene intención de invadir Ucrania o si, al contrario, está dispuesto a iniciar una operación militar de gran escala con la excusa de la autodefensa, aunque sea al precio de hacer volar por los aires sus relaciones con Occidente.

En general, en Europa tanto París como Berlín no se acaban de creer la amenaza de Putin porque consideran que tiene mucho que perder económicamente, pero tanto Washington como Londres ven la invasión como un escenario factible. Lo único que está claro es que Putin y su ministro de Exteriores, Serguei Lavrov, son unos maestros en el arte del engaño y especialistas en gestionar la división europea alrededor de cómo debe relacionarse con Rusia.

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En este sentido, hay que felicitarse por el hecho de que la Unión Europea esté manteniendo una postura unitaria en esta crisis y apostando decididamente por una solución diplomática de manera coordinada con Estados Unidos. Pero no podemos ser ingenuos. Putin difícilmente aceptará volver a su punto de inicio de la crisis sin ninguna contrapartida, y lo que básicamente reclama es que Ucrania no forme parte de la OTAN para tener así un airbag respecto a la Alianza Atlántica.

El dilema para la OTAN no es menor, puesto que hasta ahora ha sido un club abierto a todo el mundo que se haya querido sumar, especialmente aquellos países que formaron parte de la URSS o de la órbita soviética y que tienen un terror atávico al imperialismo ruso. Además, a Occidente también le convendría encontrar una situación de equilibrio con Rusia, un país demasiado grande y con un enorme potencial desestabilizador como para tratarlo con arrogancia o menosprecio.

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En todo caso, tanto la OTAN como Putin saben que una invasión de Ucrania provocaría un conflicto de grandes dimensiones (aunque la invasión militar fuera rápida en un inicio, después no sería tan fácil controlar el territorio, tal como experimentaron Estados Unidos en Irak) y provocaría un shock económico mundial, sobre el cual las bolsas ya hace días que lanzan mensajes preocupantes. La prioridad, pues, tiene que ser convencer a Putin de que es más lo que puede perder que lo que puede ganar con la opción militar, y ofrecerle alguna salida digna que a su vez respete la soberanía ucraniana. No es una tarea fácil, la de las diplomacias europeas y norteamericana, puesto que se enfrentan a un autócrata que se alimenta del culto al nacionalismo ruso y de la demagogia antioccidental. Pero todo el mundo tiene demasiado que perder como para no intentarlo hasta el final.