Los disturbios y el crimen performativo

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Disturbios en el centro de Barcelona durante la noche posterior a una manifestación convocada a través de las redes sociales.
27/10/2026 - 18:01 h
Doctora en sociología y especialista en innovación social digital

El sábado no se encontraron en la plaza Catalunya 500 jóvenes violentos. Se encontraron 500 jóvenes en el contexto que hace que casi cualquier adolescente sea capaz de hacer cosas que solo no haría nunca.

El primer error sería leerlo como una réplica de Francia. Allí hay un movimiento articulado: estudiantes de secundaria que denuncian aulas llenas y plazas de profesorado sin cubrir, con familias y docentes al lado. En Barcelona se importó el lema (“Institut Indignats”), el nombre de los perfiles que convocaban (“Blocus”, como llaman los estudiantes franceses al bloqueo de los institutos), la estética y la fecha, pero no el contenido. No había ninguna reivindicación.

Lo que sí había era un mecanismo bien diseñado: un embudo. En la boca, TikTok, una red abierta con una segmentación excelente para llegar a adolescentes. En el cuello, un grupo cerrado de WhatsApp o Telegram donde un administrador tiene que aprobarte. La secuencia emocional es potentísima. Primero te sientes llamado, cuando el vídeo te encuentra. Después elegido, cuando te admiten en el grupo y recibes las instrucciones: ropa oscura, guantes, la cara tapada. En la calle te sientes acogido. Y finalmente aceptado, cuando cuelgas tu vídeo y te caen los "Me gusta" y los comentarios de los tuyos. Para quien se siente solo o invisible, esta pertenencia instantánea vale más que cualquier consigna.

En sociología se distingue la masa de la multitud. La masa la forman personas que piensan y actúan de manera similar sin conocerse ni coincidir nunca. La multitud se encuentra en un lugar. El sábado vimos cómo una masa dispersa en TikTok se convertía en multitud en la plaza Catalunya. Pero el sábado no empezó el sábado. El algoritmo que los convocó es el mismo que, durante meses, les había servido violencia gratuita como espectáculo: en el Reino Unido casi la mitad de los adolescentes que usan TikTok han visto allí violencia real en un solo año. El llamamiento, disfrazado de réplica del Blocus francés, les ofrecía la oportunidad de pasar de admirarla a protagonizarla. Ahora bien, si tantos la habían visto y solo 500 salieron a la calle, es evidente que recibir el llamamiento no significa sumarse a él. Los estudios coinciden: la mayoría de jóvenes que participan en un disturbio no son violentos de por sí. La violencia es sobre todo situacional: surge de la combinación de un momento, un grupo y una oportunidad.

El grupo pesa: los estudios de Laurence Steinberg muestran que los adolescentes arriesgan mucho más cuando les miran sus iguales. El anonimato suma, porque taparse la cara no hace perder el control, sino que hace adoptar las normas del grupo, y este había sido convocado para destrozar. Entre cientos, la responsabilidad se diluye y la impunidad parece garantizada. Y está la adrenalina de transgredir, el carnaval de una noche, con un fuerte componente de masculinidad: la gran mayoría eran chicos, y la violencia colectiva es una manera de demostrarse ante los demás.

Pero lo que hace singular este episodio es su dimensión de crimen performativo, según el criminólogo Ray Surette: actos pensados para ser grabados y compartidos. El móvil no es un testigo, es parte de la acción. El público no son los peatones ni la policía, sino los seguidores. La calle se convierte en un plató y el contenedor quemándose en contenido. Y el círculo se cierra donde había empezado: en la red, donde el vídeo se transforma en reconocimiento. En la economía de la atención, el destrozo es una moneda de estatus.

Si la violencia es situacional, la prevención también debe serlo. Francia nos da una pista. La ministra de Asuntos Digitales, Anne Le Hénanff, convocó a TikTok y otras plataformas. TikTok activó su protocolo de crisis: retiró vídeos, detuvo directos y limitó las búsquedas. Detener los directos no es un detalle: si el crimen es performativo, quitarle el público desactiva una parte del sentido. Y Vinted, eBay y Amazon vigilaron la reventa del botín. Las plataformas no son solo un canal: están antes, cuando normalizan la violencia; durante, cuando TikTok llama y WhatsApp o Telegram instruyen, y después, cuando convierten el destrozo en escaparate. Actuar solo en un momento deja el circuito abierto.

Hace casi una década, cuando hablábamos de clicktivismo, muchas voces auguraban el fin de la movilización en la calle. Hoy vemos que lo que se origina en lo digital tiene consecuencias físicas, y que aparecen nuevas formas de llamada. Esta vez han bastado cuatro días para convocar a 500 adolescentes que se han escudado y envalentonado con el “todo el mundo lo hacía”.

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