Ciudadanos paseando por la Rambla de Barcelona en una imagen de archivo. PERE TORDERA
08/07/2026
Sociólogo
3 min

De Gilbert K. Chesterton pudimos aprender que la realidad no es plana sino paradójica. Dicho de forma directa, que las cosas no son blancas o negras, ni siquiera grises, sino blancas, negras... y grises, todo al mismo tiempo, en una compleja dinámica creativa. Y nos mostraba que, para entender el mundo en el que vivimos, es necesario ver su lógica dialéctica que avanza gracias al combate entre contrarios. Más peligroso que el pensamiento único es el pensamiento lineal, estático o metafísico, que todo lo aplana.

Una de las paradojas que me gustan del escritor y polemista británico es la que observa que, en contra de lo que se suele suponer, tiene más capacidad para el escepticismo un campesino arraigado en las adversidades naturales que –escribía Chesterton en 1904– un oficinista de los que iban en metro al Londres de principios del siglo XX. Ahora Chesterton opondría la mirada crítica de nuestros campesinos a la credulidad obediente y arrogante de los modernos cosmopolitas que trabajan al servicio de una gran tecnológica.

El sociólogo Peter L. Berger no se quedaba corto en esta capacidad para ver los contrarios en realidades habitualmente observadas de manera unidimensional. Por ejemplo, cuando irónicamente afirmaba que “existe un cierto fundamento para afirmar que la propensión a creer en tonterías aumenta, en lugar de disminuir, con la educación superior” (A far glory, 1992). Es una manera de observar la realidad que transgrede las clasificaciones fáciles y dogmáticas, y que ahora mismo deberíamos poder aplicar a categorías como “populismo”, “xenofobia”, “extrema derecha”... si no fuera porque transgredir las verdades planas oficiales te envía directamente al infierno de los sospechosos de ser cómplices.

Donde también es necesario aplicar esta mirada paradójica es en el debate sobre la diversidad, que va desde los que cantan sus bondades acríticamente hasta los miedosos que ven en ella todos los males. Y lo primero que podemos decir, para ir ablandando el concepto, es que de diversidad siempre la ha habido y, en ciertos periodos históricos, tanta o más que ahora. Pasa que, en los análisis sobre nosotros mismos, suele haber esta clase de arrogancia que nos hace pensar que somos los primeros que hemos llegado a la cumbre de cualquier cosa. Y lo cierto es que las diversidades sociales no son comparables si no es en sus contextos históricos particulares.

Tampoco deberíamos dejarnos enredar por aquello que en economía se llaman “diferencias marginales”, que, a pesar de su irrelevancia, pueden crear la ilusión de una gran capacidad de elección. Es lo que suele pasar en el campo de la moda, en que una diversidad de variaciones objetivamente insignificantes del mismo producto puede dar lugar a una expresión de pertenencias grupales de valor subjetivo altamente significativo. También podríamos decirlo de la dispersión de los vínculos sociales causados por el uso de las redes sociales como fuente de información –de infoxicación– y de marco mental. Pero si bien la fragmentación es cierta, en una cierta dimensión, no nos puede hacer perder de vista que las redes ocultan a la vez un extraordinario proceso de uniformización. Primero por la universalización del mismo hardware, es decir, el uso de unos móvilesen que las diferencias entre marcas y terminales vuelve a ser marginal: todos sirven para lo mismo. Y después por la dependencia de apenas un par de grandes tecnológicas que, controlando los programas, se valen y orientan nuestros deseos para hacer negocio. En resumen, nos fragmentan para uniformizarnos disciplinadamente.

Ciertamente, podemos discutir si la diversidad social y cultural actual es soportable o es excesiva para una vida social cohesionada. Podemos tratar la diversidad como un bien de dios o como una plaga de Egipto. Pero no perdamos de vista que, mientras tanto, estamos sometidos a procesos de uniformización nunca vistos –ahora sí–, no por su alcance, sino por la velocidad en imponerse y, a la vez, en evolucionar. No hace tanto que James Altucher en su artículo New York City is dead forever: here’s why de 2020 consideraba que la aparición de la banda ancha establecía un nuevo antes y un después de la Historia. Y mira, seis años después ya podemos decir que hay un nuevo antes y un después no menos histórico, ahora establecido por el acceso popular a la inteligencia artificial generativa.

No sé si tiene demasiado sentido, más allá de la provocación, preguntarse cómo era de diversa la sociedad en la Edad Media, cuando de cada pequeño núcleo social aislado era capaz de generar contenidos sociales y culturales de una proximidad real a su entorno particular. O si lo es más la nuestra, de diversa, pero sometida a la presión uniformizadora de las grandes compañías y los mercados globales. En todo caso, lo que es cierto es que los procesos de diversificación actuales son tan acentuados como lo son los de uniformización que ocultan.

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