La educación en Cataluña toca fondo
Con independencia de cómo hemos llegado hasta aquí, un país que comienza el curso escolar con una huelga de los docentes es un país que ha tocado fondo. Sobre todo si se trata de un país como Cataluña, donde la tradición pedagógica de excelencia ha sido una señal de identidad.
Probablemente, muchos padres y madres llevarán mañana a sus hijos a clase, porque ya están hartos. Y porque si nos lo hacen pesar en una balanza, el derecho a la educación de los niños y los jóvenes pesa más que el derecho a la huelga de los maestros. Negar el primer día de ilusión de la escuela es, quizás, una entrada a los desengaños que vendrán con la vida adulta, pero es un fracaso para todos.
El desastre de las pruebas PISA y estos dos meses desaprovechados de vacaciones de verano han demostrado que hay un problema de funcionamiento del departamento de Educación. Problemas con los sindicatos los han tenido todos los consejeros, pero ahora hemos pasado del malestar de la época Cambray al de la época Niubó, como si no dominaran la función pública docente y no entendieran los efectos de las decisiones que toman, como por ejemplo pactar una rebaja del poder de los directores de los centros con sindicatos minoritarios en el sector. Y en dos años los problemas se han ido haciendo grandes. El esfuerzo para combatir la segregación ha terminado convirtiéndose a menudo en un reparto burocrático de problemas entre escuelas, en lugar de la manera de encontrar una solución con un poco de alma. Buscando el símil escolar, sería como si el departamento no entendiera el enunciado del problema que tiene delante y no supiera si para resolverlo tiene que multiplicar o dividir.
Además, la enseñanza en Cataluña sigue estando en el punto de mira político y judicial español. Que fallemos en el ejercicio de nuestras competencias siempre duele, pero si se trata de la escuela, todavía más.