Elon Musk y los límites de la riqueza, el poder y la moral
BarcelonaElon Musk es la primera persona con una fortuna de un billón (con b) de dólares, equivalente a toda la riqueza que genera un país próspero como Suiza en un año o, como afirma Oxfam, como todo lo que tienen 3.800 millones de personas, el 46% de la población más pobre del mundo. La salida a bolsa de SpaceX, una empresa del magnate que se beneficiará de la privatización del negocio aeroespacial, nace con una valoración récord.
Con el estreno bursátil más grande de la historia, Musk, que no duda en defender los postulados de la extrema derecha y el racismo, agrandará un patrimonio y, a la vez, un poder que parecen no tener límites. Y solo será el pistoletazo de salida de otras colocaciones en el parqué de los grandes proyectos de inteligencia artificial (IA), como OpenAI y Anthropic. Más aire dentro de lo que muchos ven como una burbuja, así como más riqueza y capacidad de influencia en beneficio propio para una pequeña y poderosa élite, sobre la cual ha alertado incluso el papa León XIV. Un mundo en el que el planeta de las finanzas del que hablaba en su libro El triunfo del dinero (Barcelona; Debate, 2009) el historiador thatcherista Niall Ferguson, cada vez empequeñece más el planeta físico o real. Y que también dinamita las fronteras de la moralidad y la ética con una desigualdad creciente frente a una selecta minoría que cada vez gana más.
"Mucha parte de la valoración de SpaceX se basa en proyectos de futuro, que no se sabe si técnicamente prosperarán o no", aseguran los expertos. De hecho, según algunos de los colocadores de las acciones, es una inversión para seguidores o fans de la visión de Musk. O bien para "oportunistas" que compran en el estreno, cuando las acciones registran una importante escalada, y en poco tiempo las venden para obtener plusvalías inmediatas.
En todo caso, el proyecto de SpaceX plantea peligros. Deja en manos de una sola persona, que ya controla una buena parte de las redes sociales y los mensajes que circulan a través de X (la antigua Twitter) y tiene una relación privilegiada, aunque a veces tempestuosa, con el presidente de EE. UU., Donald Trump, un negocio hoy público como el aeroespacial. Gana no solo en la tierra sino también en el espacio. Y contribuye a engordar la cuenta corriente de un miembro destacado de la élite tecnológica global, que tiene capacidad de forzar regulaciones y tributaciones que les van a favor. Son los llamados technobros.
Además de Musk, en este club hay, por ejemplo, Jensen Huang, el fundador de Nvidia, empresa que tiene un valor en bolsa de cerca de 5 billones de dólares, casi equivalente al PIB de una potencia como Alemania. Y en todos los casos encabezan las clasificaciones de la revista Forbes de los más ricos del mundo. Teniendo en cuenta esta escalada, de cara a una mejor contribución a la sociedad de la que sacan rendimiento y a contener la desigualdad, quizás habría que reavivar el debate sobre la tributación de las grandes fortunas.
Lo plantean economistas como los franceses Gabriel Zucman, con una tasa del 2% anual para los patrimonios de más de 100 millones de euros, y Thomas Piketty, que demostró en su libro El capital en el siglo XXI (Barcelona; La Magrana, 2014) que la desigualdad crece cuando los rendimientos del capital aumentan más que la economía y propone impuestos progresivos a la riqueza y las herencias. Lo explica en una entrevista realizada por la directora del ARA, Esther Vera, que se publicará en el Ara Diumenge.