Las enfermedades no son disidencias

Supongo que antes de constatar el innegable talento escénico de Itziar Castro (1977-2023) mucha gente se fijaba sólo en su físico. Luego tropezaba con una personalidad exuberante y asertiva, y también con esa mirada limpia, franca. Esta mujer caía bien a todo el mundo, y con razón, por lo que su muerte prematura ha causado conmoción más allá del mundo actoral. Hizo visible un tipo de físico que antes solía ocultarse púdicamente, o recibía un tratamiento degradante y cruel. En todo caso, el cuerpo de Itziar Castro no era una "opción" ni una "disidencia contra los cuerpos normativos", como oí hace unos días. No, la actriz sufría una enfermedad llamada lipedema, causante de la obesidad mórbida que, según he leído, podría tener que ver con el paro cardíaco que le causó la muerte en una piscina de Lloret de Mar. Un servidor de ustedes tiene una enfermedad crónica de las que no bromean, y les puedo asegurar que tampoco se trata de ninguna "opción" ni, en este caso, de ninguna "disidencia metabólica".

Leí La enfermedad como metáfora (1978) de Susan Sontag (1933-2004) cuando hacía tercero de BUP. Este año hago leer el libro a mis estudiantes de primero de carrera (no están muy acostumbrados al ensayo). Argumentaba que las enfermedades que habían marcado ciertas épocas fueron interpretadas en su tiempo como una metáfora del Mal, entendido a menudo en clave de castigo. La tuberculosis, por ejemplo, era percibida como una mancha moral, como un estigma, más que como una simple perturbación natural, biológica, de la salud de las personas. A mediados de los años ochenta, cuando el sida fue identificado como una infección vírica, las tesis de Sontag se confirmaron de forma dramática: para algunos, el enfermo de sida era algo más que un enfermo. Había recibido un "castigo" por ser homosexual o drogadicto. Los miles de infectados por otras causas, como una transfusión hospitalaria, no contaban: eran unos damnificados indirectos, accidentales, inocentes. No eran los verdaderos castigados, es decir, los malos, los culpables. El texto de Sontag no decía, ni siquiera insinuaba, que las enfermedades sólo son metáforas, como acabarían malinterpretando a los constructivistas más recalcitrantes. Sea como fuere, no es lo mismo utilizar el sustantivo metástasis que aludir a "un cuerpo podrido por el cáncer", pongamos por caso.

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Actualmente hemos dado la vuelta a aquel disparate para formular uno nuevo. En vez de asociar un problema de salud tan grave como la obesidad mórbida a un trastorno perfectamente identificado por la medicina, algunos no resistirán la tentación de calificarlo como "una disidencia contra los cuerpos normativos". Observen estos fragmentos deun artículo publicado en una revista académica argentina, donde los programas de la OMS para acabar con la lacra social de la obesidad son conceptualizados como una manera de "disciplinar corporalidades". "Entendemos la noción de cuerpo como algo simbólico, político y social que es disciplinado y dominado (Foucault). Interpretando las propuestas butlerianas, nuestro enfoque analítico pretende (re)situar el cuerpo como entidad de resistencia que permita cuestionar el poder hegemónico (Butler) [...] La proliferación de políticas contra la obesidad basadas en las propuestas de la Organización Mundial de la Salud, basadas en el Índice de Massa Corporal, han generado programas institucionalizados para la regulación de las poblaciones grasas . La noción de normalidad vuelve a desempeñar un papel clave para disciplinar las corporalidades".

Los lectores que no deben soportar los productos segregados por la universidad paródica de este primer cuarto del siglo XXI quizá creen que toda esta fraseología extravagante y pseudocientífica es la excepción. Lamento informarles de que, al menos en el ámbito de las humanidades y de las ciencias sociales, comienza a ser la norma. Detrás de todo está el enorme fraude de los papeles académicos que el otro día denunciaba a Toni Pou. Aquí sí que mi disidencia es real y puedo asegurarles que se paga cara, con mucho orgullo deontológico.

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El horizonte político y moral de la modernidad de matriz ilustrada fue siempre la igualdad, incluida la que hace referencia a los gordos, a los delgados ya cualquier otra condición. El horizonte de la posmodernidad tardía es la exacerbación de la diferencia y el cultivo de identidades imaginarias que van surgiendo como las setas. Visibilizar con valentía y determinación un problema, como lo hizo la actriz Itziar Castro, merece el mayor de los aplausos. Afirmar, foucaultianamente, que la OMS conspira para "disciplinar las corporalidades", sin embargo, es volver a la baratija filosófica de los setenta. Y esto ya cansa, ¿no encuentran?