Todo enmarcando la Diada

1. Grietas. Desde la crisis del 2008 se ha ido rompiendo el totalitarismo de la indiferencia, que intentaba hacer virtud del desprestigio de la política y convertirnos en simples comparsas de unas oligarquías económicas, políticas e incluso mediáticas. No se trata de grandes mutaciones en los equilibrios de poder, pero sí de la introducción de algunos factores de complejidad. Parece que se abrieran algunas rendijas en la nube de pesimismo fruto de las fracturas económicas y culturales generadas en la mutación del capitalismo industrial al financiero y digital, del impacto ya innegable del cambio climático y del miedo a la guerra que afecta ya a la misma Europa.

Podríamos decir que, en medio de la oscuridad, vuelve la idea de proyecto, en cuanto que acción orientada al medio y largo plazo que pretende conectar el pasado con el futuro. O, dicho de otro modo, que se busca salir de la situación de presente continuo en la que cualquier ilusión estaba condenada al absurdo. En este regreso, quién sabe si como reacción a una globalización acelerada que descoloca al personal, renace el sujeto político nación con la correspondiente estimulación de las siempre arriesgadas pulsiones patrióticas.

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 2. Trascendental. Parece que los humanos seamos incapaces de construir espacios compartidos sin dotarlos de alguna dimensión trascendental: la patria, la revolución o el paraíso. Supongo que es una consecuencia de la precariedad de nuestra condición, que hace difícil avanzar sin creencias. Parece que no hay bastante confianza como para que nos podamos entender sin una exigencia de adhesión a algún ente superior a nuestras individualidades. Romper este tabú estaba en el sentido de la democracia, pero parece que no basta con confiar en la razón y la libertad, que, en principio, tendrían que ser las dos piezas centrales de nuestra singularidad. Sea como fuere, volvemos a estar en tiempo de exaltaciones nacionales, con todo lo que tiene de territorio de riesgo, porque hay una lógica interna que conduce inevitablemente a la dinámica de los patriotas y de los traidores, sobre la cual, en el caso concreto nuestro, España ha construido su respuesta –negándonos como nación diferenciada–, que ya se propaga de manera ridícula dentro del independentismo, con patéticas descalificaciones que no hacen más que empequeñecer un movimiento que está lejos de una amplia mayoría. 

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Las lógicas de la política son inexorables, el espacio que separa los proyectos colectivos de las ambiciones personales es confuso, y en nombre de la patria suprema, afanan los que buscan hacer carrera de maneras bastante indisimuladas. La política la hacen las personas y, por lo tanto, es una mezcla de intereses personales y de grupo y de ambiciones que a menudo acaban en la destructiva psicopatología de las pequeñas diferencias. En los últimos días hemos visto un patético espectáculo de estas miserias en la versión catalana del regreso del factor nacional a la escena global. Un hecho de riesgo, hay que decirlo, porque coincide con un momento de desplazamiento de todo Europa hacia el autoritarismo postdemocrático. Y estas cosas tienen efecto contagioso, también en Catalunya. Como ha recordado Xavier Antich, nunca se tiene que ceder a “la tentación populista de la antipolítica”. Y en España el despliegue del autoritarismo patriótico –de larga y estructural tradición– ya es indisimulable, con la complicidad del PP.

3. Callejón sin salida. Me parece que es útil hacer este recordatorio de marco general para los tiempos que vienen, para que ciertas frivolidades, ciertos fanatismos y ciertos narcisismos no hagan perder el mundo de vista. El marco está claro: la independencia no está ahora a la orden del día (y no hay peor error que querer desconocer la relación de fuerzas) pero el independentismo sigue aquí, en un momento de confusión y desconcierto, pero lejos de desaparecer, como parte de la prensa española ha reconocido. La crisis política en su seno es manifiesta, pero el gobierno español se equivocaría si se pensara que esto se deshará solo. Y esto nos conduce a una pregunta: ¿está en condiciones Sánchez de hacer propuestas concretas –empezando por la vía de la desjudicialización– que permitan avanzar por vías políticas o bien la relación de fuerzas en Madrid lo hace tan imposible como la misma independencia? En vista de lo que puede venir después, el callejón sin salida no es una buena noticia.