Epstein, el precio del poder
Es del todo recomendable que lea el trabajo periodístico que han hecho, en este diario, Albert Llimós y Cesc Maideu con los archivos de Epstein: ellos se han sumergido en el magma de poder, proxenetismo, obsesiones sexuales, dinero y relaciones internacionales y le han puesto orden. Esto permite que podamos hacernos la idea no sólo de la magnitud, sino también del significado de un imperio de la suciedad como el que gobernaba Jeffrey Epstein con mano de hierro y guante de seda. Epstein y sus agradecidos súbditos, personas ricas y poderosas de ambos lados del Atlántico que no se cansaban de elogiar y agradecer a Epstein por todo lo que les daba. "Te echo de menos", "Te queremos mucho", "Eres una parte muy importante de mi vida" y otras expresiones por el estilo son habituales en los correos que recibía Epstein de parte de vips de todo el mundo que se habían acostumbrado a sus servicios. Desde magnates de la banca y de la moda hasta princesas de las monarquías europeas, así como las esposas de Woody Allen y del lingüista e intelectual Noam Chomsky.
Chomsky es un referente de la izquierda mundial que más o menos todo el mundo ha citado alguna vez en la vida como fuente de autoridad. De autoridad intelectual (como lingüista es un puntal de la gramática generativa) pero también de autoridad moral. La idea de Chomsky frecuentando la compañía de una rata como Epstein, y aceptando complacido sus halagos y regalos, e incluso agradeciéndolos, es objetivamente desagradable. Algo parecido ocurre con Woody Allen, un cineasta que ha dirigido un montón de películas excelentes ("obra maestra" es una expresión absurda, pero algunos filmes de Allen se acercan mucho a lo que se pretende decir) y que, además, ha sido santo de la devoción progresista. Aunque su aparición en los archivos de Epstein no sorprende tanto, porque Allen hace mucho tiempo que pone a prueba lo de separar al artista de la persona.
Los archivos Epstein, como advierten Llimós y Maideu, no muestran sólo la historia de un proxeneta que vende sexo con menores de edad a hombres ricos de todo el mundo. Es también, como ellos escriben, "una historia de dinero y política, y, sobre todo, de poder". Y siguen: "Epstein utilizaba el sexo para obtener favores e influencia. Pero también para obtener información y hacer crecer su fortuna". Era un pacto asco: a cambio de la eterna juventud (la de las víctimas), Epstein adquiría el alma de sus clientes, a los que él trataba como amigos. Todos sabían que esto era un engaño, pero accedían con mucho gusto. La fantasía del placer prohibido, de mirar en el mal o incluso de quedarse a vivir una buena temporada, y de hacerlo con completa impunidad, tenía más peso que todas las prevenciones y cautelas de las que pudieran rodearse a estos personajes poderosos. Si cruzamos la lectura de los archivos de Epstein con la Decadencia y caída del Imperio Romano, de Gibbon, se nos pone de manifiesto la evidencia de que, en cuanto a la condición humana, el progreso no existe. Los patricios y césares romanos, y sus depravaciones, nos avisan a más de una cosa: el declive de los imperios, además de grotesco y letal, es largo.