El erizo y la zorra

El poeta griego Arquíloco acostumbraba a decir que "la zorra sabe muchas cosas, pero el erizo sabe una muy importante". Es decir: la zorra —animal que tradicionalmente representa la astucia— domina miles de trucos, pero al erizo le basta con uno solo para defenderse de sus depredadores sin recurrir a la violencia: enrollar su cuerpo y formar un ovillo de espinas. Erasmo de Róterdam, comentando el proverbio de Arquíloco en sus Adagia, nos explica que la zorra se ve obligada a ingeniar constantes estratagemas para escaparse de los cazadores, mientras que el erizo confía ciegamente en la única que tiene.Estas diferencias entre ambos animales inspiraron a Isaiah Berlin a escribir el célebre ensayo titulado El erizo y la zorra, donde clasifica a los pensadores, a los artistas y a la humanidad en general en dos categorías.El erizo contempla la realidad con una perspectiva sinóptica que lo lleva, inevitablemente, a simplificarla y sistematizarla. Es coherente, dogmático y lineal. Está convencido de que, bajo las diferentes apariencias, late un único principio universal que dota de coherencia y orden a la diversidad. Se desentiende de los detalles periféricos, exige que todo encaje en un encadenamiento de razones. Para él, dos más dos son, inexorablemente, cuatro. En esta categoría encontraríamos a Platón, Lucrecio, Dante Alighieri, Pascal, Hegel, Fiódor Dostoievski, Friedrich Nietzsche, Ibsen o Proust.Por el contrario, el zorro es esencialmente analítico y se mueve como pez en el agua en un mundo complejo donde no todo encaja. Acepta de buen grado las contradicciones inherentes a la pluralidad del mundo sin pretender encorsetar la diversidad en una sola teoría. Como ejemplos, Berlin menciona a Heródoto, Aristóteles, Montaigne, Erasmo, Shakespeare, Molière, Goethe, Pushkin, Balzac o Joyce. Yo incluiría también a Unamuno, Juan de Mairena y, muy especialmente, a William James, que escribió: "Me he visto obligado a renunciar a la lógica de manera justa, íntegra e irrevocable […]. La realidad, la vida, la experiencia, la concreción, la inmediatez –usad la palabra que queráis– exceden nuestra lógica, la desbordan y la rodean" ("Un universo pluralista").

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Isaiah Berlin desarrolla esta dicotomía en un ensayo sobre Lev Tolstói, donde concluye que el escritor era un zorro por naturaleza, aunque creía firmemente que debía ser un erizo. Ahora bien, al ordenar de manera tan sistemática la pluralidad de las visiones del mundo, ¿no se comporta el propio Berlin como un zorro que se esfuerza por actuar como un erizo?Stephen Jay Gould, que consideraba a Berlin un héroe intelectual, evoca a estos dos animales en Érase una vez el zorro y el erizo para ilustrar cómo pueden interactuar las ciencias y las humanidades, transitando del recelo habitual a la concordia. También recurre a él otro admirador de Berlin, Ronald Dworkin, en Justicia para erizos, que es posiblemente su ensayo cumbre. Dworkin pretende articular un sistema teórico que nos oriente en el mundo, un reto que, como ya sabemos, inquieta al erizo pero no a la zorra, que vive cómodamente entre juicios inconexos y valores contrapuestos, porque acepta con naturalidad que en la vida afrontamos problemas que solo podemos resolver con certezas parciales y verdades relativas. El erizo, en cambio, es incapaz de vivir sin un orden moral cerrado y unívoco.Schopenhauer nos enseñó que los animales con púas también deben aprender a ser prudentes (aunque él no aplicó la lección, ya que fue toda su vida un erizo altivo). Explica que, un día gélido de un invierno riguroso, un grupo de erizos intentaron agruparse para abrigarse mutuamente; al hacerlo, se pincharon con las púas y se vieron obligados a separarse de nuevo. No tardaron en sufrir otra vez el frío punzante y volvieron a agruparse, esta vez con más cautela. Pasaron un buen rato acercándose y distanciándose, oscilando entre el frío y el dolor, hasta que finalmente encontraron la distancia idónea que les permitía transmitirse calor sin hacerse daño. Esta fábula, que resume el arte de la convivencia, es la más célebre de Schopenhauer. La encontramos en Parerga y Paralipomena" y se cierra con esta reflexión: "Del mismo modo, el deseo de compañía empuja a los hombres a buscarse los unos a los otros, pero sus numerosos defectos los vuelven a separar".Wittgenstein citaba a menudo esta fábula, Freud la tenía en gran estima y Luis Cernuda se inspiró en ella cuando escribió: "Como los erizos, ya lo sabéis, los hombres un día sintieron su frío. Y lo quisieron compartir. Entonces inventaron el amor. El resultado fue, ya lo sabéis, como el de los erizos".