Europa ante el abismo
La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, comenzó su reciente discurso sobre el estado de la Unión con una cita de Charles Dickens de Historia de dos ciudades de 1859: "Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos". Dickens quería describir la situación de Europa, Londres y París en particular, en tiempos de la Revolución Francesa. Es una cita apropiada porque la velocidad del cambio entonces y ahora era y es formidable. El mejor de los tiempos por las oportunidades que representa, el peor por las turbulencias y los peligros.
La aceleración de los cambios es muy grande, desde la digitalización hasta la irrupción de la inteligencia artificial (IA), pasando por el desgobierno de la globalización, una reversión parcial proteccionista y un énfasis en la resiliencia, el predominio de las redes y la desinformación, el declive demográfico y la inmigración, así como las consecuencias del cambio climático. El resultado es una gran tensión geopolítica y un aumento del populismo en un mundo donde rige la ley del más fuerte –el presidente Trump lo dejó claro en las Naciones Unidas: "To the victor go the spoils" [el ganador se lleva el botín]. Este es el mundo de antes de 1914 y de la constitución de las Naciones Unidas después de la Segunda Guerra Mundial. Es el mundo descrito por Cristopher Clark en el libro The ssleepwalkers, que explica cómo se llegó a la Primera Guerra Mundial a partir del conflicto en los Balcanes, cuando las potencias europeas declaraban áreas de influencia según sus intereses y la correlación de fuerzas. En la Estrategia Nacional de Defensa, los EE. UU. han dejado claras las pretensiones territoriales sobre Canadá, México, Groenlandia y todas las Américas.
La aceleración de los cambios pilla a Europa a contrapié. Débil en defensa, ya que nos aprovechábamos del paraguas de los EE. UU.; frágil en economía, porque perdimos el tren de la digitalización de las grandes plataformas y concentramos el esfuerzo en la tecnología mediana (como el vehículo con motor de combustión sin anticipar el vehículo eléctrico y como plataforma de software); débil y frágil en energía, por la dependencia del gas ruso y de los combustibles fósiles (a pesar del esfuerzo hecho en desarrollar energías renovables), y frágil en comercio exterior, porque dependemos demasiado del mercado chino. El caso paradigmático de todos estos problemas es precisamente Alemania, el motor de la economía europea. La presidenta del Banco Central Europeo ya advirtió que el crecimiento en Europa estaba ligado a un mundo que desaparece. De momento ya hemos perdido la primera oleada de desarrollo de los modelos fundacionales de la IA, y la francesa Mistral ya ha tirado la toalla.
Las consecuencias de las debilidades europeas son patentes. La debilidad en defensa hace que la agresión a Ucrania necesite la ayuda crucial de los EE. UU. y que seamos víctimas de la guerra híbrida y de las amenazas nucleares del Kremlin. La Unión Europea (UE) negocia en condiciones de inferioridad un acuerdo comercial con Washington (con la presidenta Von der Leyen yendo a Escocia a negociar con el presidente Trump en uno de sus campos de golf) y Alemania está sujeta a un segundoChina shock que ya ha contribuido al auge de la extrema derecha en las últimas elecciones regionales. El primer China shock en los EE. UU. destruyó puestos de trabajo industriales en el Rust Belt y ayudó a la victoria republicana en las elecciones de 2016.
Las prioridades de la UE deben ser la prosperidad económica, fortalecer la capacidad de defensa autónoma y mantener el liderazgo en multilateralismo, estado de derecho y defensa de la democracia liberal. Necesitamos, en particular, fortalecer la innovación disruptiva y la ciencia que la acompaña, y establecer alianzas con las democracias liberales (el Reino Unido, Canadá, Japón, Corea del Sur, Australia). El primer ministro de Canadá, Mark Carney, presente en el discurso de Von der Leyen, quiere asociarse con la UE. Las recetas las tenemos (los informes Draghi, Letta y Niinistö), pero la UE necesita una estructura más centralizada para tomar decisiones más ágiles y menos burocráticas, superando divisiones, divergencias y pulsiones populistas. Tiene activos como su peso económico, el desarrollo del estado del bienestar, el respeto al estado de derecho y la estabilidad regulatoria, que se puede traducir en ventajas para atraer inversiones, y el potencial de consolidar el euro con un BCE independiente de las presiones políticas, pero con un presupuesto escuálido. Además, tiene la carta de la empresa ASML, pieza crucial en la cadena de valor de la producción de los microprocesadores más avanzados del mundo con sus máquinas de litografía ultravioleta extrema. La UE tiende a actuar cuando se encuentra ante el precipicio (esto lo hizo Mario Draghi con el "whatever it takes"). Ahora estamos ante un precipicio con diversas vertientes. No será fácil, pero la UE debe actuar.