Europa contra los bárbaros

Cuanto más se hunde Donald Trump en el fango iraní, más debemos recuperar los europeos el orgullo de formar parte de un club tan imperfecto y acomplejado. 

Los ciudadanos norteamericanos empiezan a reaccionar lentamente a la operación de vaciamiento de su sistema democrático mientras Donald Trump hace gala de su ignorancia enciclopédica y de un sentido mezquino de la política que lo ha llevado a purgar cualquier chispa de pensamiento propio de su entorno. La gran diferencia entre el primer y el segundo mandato de Trump es que la administración, los técnicos de la diplomacia y el ejército norteamericanos, que en su momento le plantaron cara o detuvieron sus despropósitos poniéndole trabas, hoy han dimitido o han sido destituidos y sustituidos por claque.

Las crónicas que explican cómo se toman las decisiones en la Situation Room dan vergüenza por la frivolidad con la que se juega con la vida, la muerte, la economía y los precarios equilibrios de una región tan compleja como Oriente Medio. Es aún sorprendente cómo el infantilismo de un ego hipertrofiado y la cultura del videojuego se convierten en criterios que determinan la vida o la muerte. 

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El menosprecio a la diplomacia, a los equilibrios, a la búsqueda del bienestar humano e incluso a la buena educación ha llegado al paroxismo en un país que algún día había sido el aliado de Europa. Hoy Europa debe independizarse y asumir que dejar de ser un protectorado tiene un precio, pero que el coste de seguir siendo menor de edad aún es superior. Hoy la Unión Europea tiene una gran oportunidad, y los europeístas debemos exigir que se aproveche sin dilación. Sin ingenuidad, pero sin excusas, los veintisiete deben coordinar la visión de futuro en un mundo que ha cambiado y no volverá.

Europa va tarde y es lenta, pero continúa siendo el mejor de los mundos posibles, y la opinión pública empieza a ver cuáles serían las consecuencias de renunciar a sus valores a través del desmoronamiento que significa el mandato de Trump. No se trata solo de tener capacidad nuclear, sino de ver cómo la credibilidad de la superpotencia se diluye, los precios suben, los mercados enloquecen y la imprevisibilidad y el espectáculo empiezan a no poder tapar los escándalos y la mala gestión. Por no hablar de la degradación del debate público, polarizado y simplificado.

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Cuando las redes sociales y los entusiastas MAGA se giran contra Trump, el presidente solo está a una subida de precios del cuestionamiento de su mandato. Esto no significa que los demócratas tengan ganadas las elecciones de medio mandato, pero sí que Trump debería laminar definitivamente la democracia si quiere evitar unas elecciones realmente inciertas para él. La utilización del patriotismo para ocultar la incompetencia es cada vez más difícil en la Casa Blanca.

Cuando Trump amenaza con salir de la OTAN desprecia que la decisión depende de una amplia mayoría del Congreso, pero los europeos deberían entender el mensaje de manera cruda y apostar por la arquitectura institucional compartida internacionalmente que nos ha traído décadas de paz. Se necesita un nuevo impulso de las organizaciones internacionales, con el reconocimiento de los nuevos protagonistas de este mundo que ya hace mucho tiempo que se desplazó hacia el Pacífico, pero la recuperación de la diplomacia y los marcos de discusión es imprescindible. 

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La Unión Europea no puede procrastinar más. La libertad tiene un precio y la autonomía energética no puede pasar por la compra de gas a los EUA después de haber huido del petróleo ruso, ni la garantía de su defensa puede depender de un socio que no se encomienda a nadie para iniciar una guerra de consecuencias imprevisibles. Una guerra no explicada a los socios, pero tampoco a su misma opinión pública y sin una estrategia clara. 

Los europeos tendremos que hacernos grandes y defender los valores de una Europa imperfecta, lenta, donde la política europea está demasiado condicionada por veintisiete agendas. La UE es muy imperfecta, pero está basada en el comercio, las relaciones pacíficas, el consenso de los actores, el derecho internacional y comunitario, el entendimiento entre pueblos de diferentes lenguas y culturas y una base democrática y de respeto a los derechos humanos.

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Un paso adelante que garantice la autonomía energética y de defensa pasa por acabar con las unanimidades y agilizar las decisiones del núcleo duro que esté dispuesto a hacer más Europa en términos de cohesión y cesión de soberanía nacional. También pasa por dejar de empequeñecerse ante los depredadores. Ni Trump ni Putin representan los valores europeos. Lo que hay que preguntarse es si los líderes de la UE los representan, y esta pregunta solo la pueden responder los electores. 

Europa va de "valores y confianza" y quizás, en palabras de Josep Borrell, la fuerza integradora que en su momento fue el euro tendrá que ser la integración de la defensa en este mundo hostil. Habrá que abandonar la "psicología de la debilidad", como se dijo ayer en el seminario War&Peace del Cidob. De entrada, los países del sur de Europa tendremos que tomar conciencia de que si la UE fracasa en Ucrania ningún proyecto de defensa tendrá credibilidad ante Rusia. Es momento de pasar a la acción, de salir del fango de un pesimismo que solo beneficia al caos. Como siempre, la cuestión no es el qué sino el cómo, y eso es lo que el Cidob lidera.