Pruebas de los procesos selectivos de Función pública y Educación de la Generalitat en la Facultad de Economía de Barcelona
hace 13 min
Escritor
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Últimamente, he leído aquí y allá que a los jóvenes, hoy, nos interesa menos trabajar. En mayo, un monográfico en El País sostenía que las generaciones como la mía priorizamos la posibilidad de compatibilizar el trabajo con el tiempo libre y evitamos ocupar cargos de responsabilidad que consuman tiempo de vida. Es cierto: tengo gente muy cerca que ha renunciado a ascender porque prefería tener los fines de semana para descansar que cobrar doscientos euros más. Y creo que la explicación es bastante razonable: hoy en día, más formación no significa más remuneración económica, lo que indica que el prometido sistema meritocrático falla por alguna parte.Y estaría muy bien que la meritocracia fallase si fuera porque hay un acceso más democrático a los recursos, pero no es así: lo que falla es una meritocracia, aquella que sostiene que más dedicación y más formación implican más recompensa. Sin embargo, los trabajos con los salarios más altos los siguen ocupando los mismos (origen, clase, incluso género), como si el premio estuviera repartido anticipadamente. Por eso digo que una meritocracia falla: la que se basa en la ley del máximo esfuerzo, la ley de la renuncia, la ley del sufrimiento. Y es así que los jóvenes, poco a poco, se desdicen: "Preferiría no hacerlo", afirman, como si fueran Bartleby en el gabinete de Nueva York. Hasta aquí, estoy de acuerdo con los discursos que proyectan este tipo de desencanto —incluso de cinismo— de los más jóvenes. Hay, sin embargo, algo que no encaja. Si esto es realmente así, ¿por qué la mayoría de mis colegas están al límite del burnout? ¿Por qué tengo amigas que han opositado tan pronto como han tenido la oportunidad, como si les fuera la vida en ello? ¿Por qué el trabajo continúa siendo una especie de meca de la autorrealización y la satisfacción personales? Que haya desencanto no significa que haya una transformación radical alrededor de la idea del trabajo.

Por un lado, podría empezar hablando de los trabajos creativos, donde la promesa del éxito venidero todavía opera con fuerza: sería imposible sostenerse en el mundo de la cultura sin la creencia espuria de que algún día todo irá bien. Además, el relato del entusiasmo —"Qué suerte dedicarme a lo que me apasiona"— permite aguantar verdaderas atrocidades. Todo el que se dedica a la industria cultural, artística, literaria y cinematográfica dedica la vida al trabajo, sobre todo los más jóvenes: somos las promesas, los que tenemos que demostrar que valemos más que los demás, los que tenemos que garantizar que sabemos trabajar bajo presión, sea como sea. Sin esta entrega (digámoslo así), estas industrias no se sostendrían.Pero el culto al trabajo también forma parte de aquellas trayectorias que no tienen que ver con el mundo de los freelance ni de las productoras creativas. Hablaba de las amigas que han opositado muy pronto, buscando en el funcionariado la estabilidad que el mercado de trabajo no ofrece. El trabajo ha sido una especie de salvavidas, allí donde han empezado a construir las bases de la vida deseada. (Habría que estudiar los vínculos entre estas opciones laborales y las estructuras de vida normativa: familia mononuclear, hipoteca, coche y perro.) Las oposiciones permiten no tener que mirar atrás, no tener que dudar: creer que un trabajo seguro en un mundo incierto elimina la frustración y el arrepentimiento ("¿Realmente quería dedicarme a esto?"). Es decir: seguridad y permanencia son valores que se anteponen a la exploración y al error.Y es que, ¿quién puede dudar? ¿Quién puede permitirse fallar? Hoy impera un relato que privilegia el dinero y la seguridad al deseo y al placer: tanto da de qué trabajes, mientras trabajes. En este sentido, lo que el sector privado ofrecía hace unos años, ahora lo ofrece el sector público. No hay un cambio radical: solo una modificación en los medios para conseguir unos fines similares. Con todo esto quiero decir que no creo que sea cierto que el trabajo, a los jóvenes, ya no nos importa, o que el sistema de valores respecto al mercado de trabajo ha cambiado de raíz. Desgraciadamente, trabajar continúa siendo el pilar de nuestras vidas: una herramienta para conseguir la tierra prometida particular y, según el tamaño del sueño, una relación con el trabajo diferente. Estamos muy lejos todavía, lejísimos, de decir que ha llegado la generación que ha sabido negar el trabajo asalariado. Quedan kilómetros para conquistar esta utopía. A mí, que pertenezco al grupo de los entusiastas (léase en negativo) del mundo de la cultura, todavía me toca decir que me encanta trabajar. Y, por lo visto, tendré que decirlo durante muchos años.

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