Externalizar la frontera, generar la crisis
Hasta 1991 un ciudadano marroquí podía entrar en España sin visado. La situación económica de Marruecos era peor que la actual y no había ninguna crisis migratoria. La valla de Ceuta, que hoy se presenta como un mero accidente de la geografía, tiene menos años que muchos de los que intentan cruzarla. Conviene recordarlo ahora que se discute como si fuera eterna y no una construcción administrativa de cuatro décadas, el producto principal de la cual no es el orden, sino la creación de una categoría jurídica llamada migrante irregular: figura de todos los pánicos morales sobre la criminalidad, casi frontera de la misma humanidad. Este fantasma ha cobrado vida estos días como sueño húmedo de todos los que constantemente intentan asociar migraciones a caos y guerra. Por fin han conseguido las imágenes de la avalancha, del desorden que nos amenaza desde la frontera de Europa: las que legitiman el discurso de la invasión.
La chispa llega en un terreno sobre el cual hace tiempo que vierten gasolina. Pero, de nuevo, conviene recordar que es la frontera cerrada la que provoca el intento masivo de cruce, que antes del cierre la gente iba y venía de Marruecos al compás de las necesidades de mano de obra y que todos los migrantes no tienen como destino España. ¿Qué son setenta mil personas en un continente de cuatrocientos cincuenta millones de personas?
Con este evento se revelan las contradicciones del modelo fronterizo europeo, que delega la gestión de la frontera sur en un tercero para que haga el trabajo sucio. Miles de personas cruzaron de golpe porque aquella noche, sencillamente, Marruecos no compareció. Como explicaba un analista que firma con pseudónimo en un artículo de la revista Zona de Estrategia, lo que ha pasado no es tanto una crisis migratoria como “la quiebra momentánea de todo un régimen de producción, selección y gobierno de la movilidad”. Lo que revela este evento es la vulnerabilidad política de una frontera externalizada, cuyo peso seguirá pesando sobre el Estado español independientemente del color político de quien gobierne. Los que dicen que hay que romper con el país alauí no han de gobernar –de momento.
Aun así, el ataque marroquí –en la versión de las derechas– o la conspiración de Trump y Netanyahu –en la versión de las izquierdas– son relatos que convierten, intencionadamente o no, a los migrantes en armas, en invasores. Este marco niega la agencia de quienes cruzaron. Miles de jóvenes –pero también de familias enteras– atravesaron la frontera poniendo en riesgo sus vidas. Lo hicieron buscando una vida mejor o, lo que es más interesante, como protesta contra su país, que les ignora, o como aventura, o por razones que ni siquiera somos capaces de imaginar. Pero las armas no tienen historias de vida.
Podríamos haber explicado estas historias. Pero no lo hemos hecho. Pensarlos como peones de una invasión ha legitimado todo lo que ha pasado después. Los niños que duermen y pasan hambre en la calle. Las patrullas coordinadas por WhatsApp para limpiar la ciudad o los pogromos –que con forma de protesta ciudadana ya hace tiempo que se producen en otros lugares del Estado–. Los perdigones que ha recibido en la cabeza Ali, un niño de 8 años, o las amenazas de los ultras envalentonados a los activistas de Ceuta. El nacionalismo español regurgita sus propios monstruos feliz con su guerra, una que les permite defender la patria, ejercitar músculo, obtener por fin un sentido trascendente para vidas condenadas a un vagar infinito entre las redes y el supermercado. La frontera es la que crea su oportunidad.
Por desgracia, detrás de todo hay un proyecto ultra que se está formando en Europa desde los estragos del estallido de la burbuja de 2008. De momento, esta crisis del modelo fronterizo hace subir a Vox y al PP en las encuestas. Pero sabemos que el reto subyacente es mucho más profundo que el de la contienda electoral. La salida nativista promete descargar sobre los migrantes los efectos de una crisis larga y se aprovechará de la rabia y el pánico de la gente a acabar en las filas de los derrotados. Pero no hay nada más en la oferta que hacen los ultras. Ninguna solución a la crisis de vivienda, ni salarios más altos, ni más presupuesto para la sanidad pública. Las soluciones están en otra parte y exigen que las batallemos. La pregunta, la única, es si nos organizaremos y lucharemos o continuaremos culpando a la mano de obra barata sin la cual este continente no podría funcionar, sin la cual la crisis sería todavía más profunda y más dura, sin la cual nuestras sociedades serían más viejas y más tristes.