La fábula de la emancipación
1. Hay que resucitar la socialdemocracia. Es una consigna del momento, en plena pugna con un neofascismo al alza, que emana de la melancolía de los tiempos lejanos del renacimiento de Europa después de la Segunda Guerra Mundial, las llamadas “Trente Glorieuses” (1945-1973), que comprenden la apoteosis de los años sesenta, cuando parecía que todo era posible. ¿Pero cómo debemos leerlo? En la versión positiva, reconocimiento de los derechos de la ciudadanía, más gasto social, dignificación del trabajo y vivienda para todos como objetivos compartidos. Sin embargo, la repetición, como si fuera una letanía, se hace sospechosa en una etapa en la que gran parte de la ciudadanía se siente encallada o fuera de juego bajo el peso de una aceleración constante, que con sus efectos destructivos en realidad es un obstáculo para cualquier esbozo de esperanza. Un momento en el que la opresión se va transfiriendo a las máquinas a costa del trabajo, aumentando considerablemente la concentración de poder en las manos que las tutelan. De hecho, es la nostalgia de un tiempo que realmente fue más breve y precario de lo que nos hemos creído, alrededor de los Estados Unidos, la Gran Bretaña, Francia y la Alemania liberada, que vistieron el mito efímero de un capitalismo más o menos bajo control, con unos niveles de equidad un poco idealizados. Frustración y melancolía se encadenan ahora que, con el paso del capitalismo industrial al digital y financiero, todo parece patas arriba en manos de unos poderes económicos y mediáticos con enorme capacidad de contaminación.
conversación en el ARA con la directora Esther Vera2. A principios de este siglo, siete de cada diez ciudadanos europeos vivían en países gobernados por el centro-izquierda. Ahora son –o somos, si queréis– uno de cada diez. Y no se aprecian muchos indicios de cambio: la dinámica de desplazamiento hacia unas derechas cautivas de la extrema derecha todavía no da señales de flaquear. Sin ir más lejos, en España, que forma parte de la excepción socialdemócrata, se perfila cada vez más una alianza PP-Vox, reforzada con una agenda judicial que le aporta dosis crecientes de gasolina. En toda Europa son escasos los indicios de un cambio de ciclo. Thomas Piketty lo reiteraba en su conversación en el ARA con la directora Esther Vera: “No se puede tener una democracia real sin una parte mucho más sustancial [de la riqueza] para el 90% de abajo [de la población]”. Y lo acompañaba con una advertencia importante: “Lo que ha cambiado realmente es la distribución del poder, no solo la distribución del dinero”, como nos recuerda el exhibicionismo de Elon Musk y compañía. Y aquí entra en duda una cierta melancolía de la socialdemocracia: los poderosos que señala Piketty podrían llegar a ceder dinero, pero difícilmente reducirán la concentración de poder que les garantiza la dominación y sus caprichos. Y que, obviamente, no libera del riesgo de irresponsabilidad; al contrario, favorece perder el mundo de vista: creerse que realmente se les permite todo. Marc Augé lo dice con rotundidad: una sociedad fracturada entre integrados y precarios, o entre “poderosos, consumidores y excluidos”, difícilmente puede conducir a ninguna otra dirección que el autoritarismo o la radicalización identitaria.
Nostalgia de la socialdemocracia, sí. Pero no caigamos en la melancolía: sin cambio en las relaciones de poder –cada vez más concentradas en puntos nodales–, difícilmente puede cuajar un régimen que realmente busque el equilibrio y evite que unos pocos –los que controlan los dos grandes poderes (el financiero y el digital)– marquen el paso a todos los demás. Lo que ciertamente hace falta es dar sentido al progreso. La apuesta por la innovación científica y tecnológica obliga a mantener más viva que nunca la idea de emancipación, que es lo que realmente nos hace humanos. La melancolía y el miedo son tierra de cultivo para el autoritarismo hacia el cual nos quieren llevar.