¿Una familia, un voto?
Hace tiempo que se oye un runrún de fondo que nos habla de una involución en lo que respecta a los derechos de las mujeres. Entre las notas de esta cacofonía hay dos que me preocupan especialmente y que están estrechamente ligadas: los discursos que cuestionan la necesidad del voto femenino y el fenómeno de las tradwives (esposas tradicionales) y de las stay-at-home girlfriends, las chicas que se quedan en casa. Como el diario ARA ya habló de tradwives en el año 2024 de manera pionera, me centraré en el primero, que me parece también el más peligroso. Estos discursos involucionistas tienen su origen en Estados Unidos, pero se extienden como la pólvora por Latinoamérica y comienzan a llegar a Europa, como se vio en julio en la reunión fundacional de Mulheres Conservadoras de Portugal, un movimiento vinculado al partido ultraderechista Chega y a los movimientos evangélicos. El sufragio femenino parecía un derecho asentado definitivamente desde que se empezó a establecer, no sin muchas luchas, a finales del siglo XIX. Dejando de lado casos curiosos, como el de 1776 en Nueva Jersey, donde el uso de la palabra “persona” en lugar de “hombre” en la ley de sufragio hizo que algunas espabiladas se apuntaran hasta que “el error” se corrigió, el sufragio femenino se alcanza de una manera general en la primera mitad del siglo XX, con alguna excepción sangrante como Suiza, donde las mujeres no accedieron al voto federal hasta 1971. En cuanto a España es bien conocida la polémica que opuso a Clara Campoamor y Victoria Kent y que acabó instituyendo el voto femenino en 1931.Ahora bien, este derecho, básico para la construcción de la voz pública de las mujeres y para su autonomía cívica, se ha puesto en cuestión por primera vez en más de un siglo. Grupos ultraconservadores de los Estados Unidos, como el del predicador evangélico Doug Wilson, atacan la decimonovena enmienda de la Constitución, la que legalizó el voto femenino en 1920, considerándola un “cáncer del individualismo”. Curiosamente, cuando el individualismo garantiza el sufragio universal masculino no pasa nada, pero cuando una ley permite considerar a la mujer un individuo y le otorga voz se desatan las fuerzas del infierno.
Otro caso notable es el de los seguidores (y seguidoras, porque como decía Simone de Beauvoir el patriarcado no podría mantenerse sin las mujeres cómplices) de Erika Kirk, la viuda de Charles Kirk, que afirman que, al ser los cónyuges “una sola carne”, las mujeres casadas no necesitan votar porque el voto del marido ya las representa. Todo esto se acompaña de un lenguaje religioso, con el que se romantiza la renuncia voluntaria de las mujeres al voto como una forma de entrega al “plan divino”. No queda claro, sin embargo, qué sería de las mujeres solteras en este escenario. Algunas voces indican que el padre o el hermano mayor podrían votar por ellas, y no consideran el caso, tan frecuente en Estados Unidos, de familias monoparentales donde es una mujer sola quien saca adelante la familia. Tampoco se sabe quién votaría por la señora Kirk, que es viuda. Estas mujeres ultratradicionalistas, que recuerdan a la Serena Joy deEl cuento de la criada en el proceso de construcción de Gilead, practican un significativo funambulismo entre su discurso ideológico y su práctica vital, que suele contradecirlo, porque estas mujeres tienen independencia económica y una voz pública, exactamente lo que quieren negar a las demás. En México, Javier Albarrán, joven político del PAN (Partido de Acción Nacional), afirma también que para reforzar la familia como eje de la sociedad hay que sustituir el voto individual por un voto por familia, naturalmente representada por el pater familias. Una vez más deberíamos preguntarnos qué pasaría en ese 40% de hogares mexicanos sin un padre presente. En Brasil, donde la temperatura sube a medida que se acercan las elecciones presidenciales del 4 de octubre, el comentarista político Paulo Figueiredo, conocido bolsonarista y nieto del dictador João Baptista Figueiredo, dijo con toda tranquilidad que “las mujeres votan estadísticamente muy mal, especialmente las solteras”. Obviamente, votar mal significa votar a la izquierda, elección de voto de una mayoría de mujeres.¿Qué es todo este ruido? ¿Un globo sonda para testar la tolerancia social? Creo que sí, que es una ventana de Overton de manual para testar la acogida de propuestas extremas. Según afirmó Joseph P. Overton, cuando un grupo político quiere introducir una idea extrema elige una todavía más radical, la repite constantemente en el espacio público para desensibilizar a la sociedad y finalmente consigue hacer pasar la primera, que en principio habría sido inaceptable, como una posibilidad real. Cuidado pues con los globos sonda y con las ventanas de Overton. De momento nadie nos quitará el voto, pero estamos empezando a discutir, yo la primera en este texto, lo que debería ser sencillamente indiscutible.