Hay frases que disfrazan en broma lo que es una idea fundamental que inspira el trabajo en el ARA. Nuestra declaración de intenciones es realizar un periodismo libre y comprometido que conecte con una comunidad consciente. "Somos una comunidad y no una secta", y así lo expresamos al inicio del Enfoque: el Foro de las Soluciones, unas jornadas en las que hemos reunido a más de un millar de personas en el CCCB durante un día y medio. Sin embargo, en estos tiempos oscuros, la diferencia es crucial. Una secta sólo quiere fidelidad; una comunidad quiere criterio. Una secta impone un relato; una comunidad se informa sin miedo, discute, contrasta, duda y –si es necesario– rectifica. Y si hoy algo está en juego, es precisamente eso: la capacidad colectiva de mantener el pensamiento crítico y el criterio. De tener la cabeza fría cuando el mundo se recalenta. De informarse y no rehuir la verdad cuando los valores de la democracia liberal y el europeísmo están en peligro.
La periodista Sylvie Kauffmann lo dijo con una honestidad desarmante: "Hay cosas que me hacen perder el sueño". Y en esa frase había un síntoma compartido. Tiene malestar un continente entero. El derrumbe acelerado del multilateralismo y el declive de la democracia liberal son, al fin y al cabo, dos efectos de un mismo terremoto: la sensación de que las reglas ya no protegen, de que la ley vuelve a ser "la del más fuerte" y de que, ante este choque, nuestras democracias parecen lentas, cansadas.
Kauffmann advierte que el proceso es implacable y no tenemos "el lujo" del tiempo. Los líderes europeos no pueden ir tan tarde respecto a las opiniones públicas que reclaman una acción concertada –si es necesario con varios niveles de acuerdo– para preservar nuestro modelo político y social; en definitiva, los valores europeos que hoy están amenazados. La mesa redonda moderada por Carme Colomina, con Cristina Gallach, Blanca Garcés, Xavier Vives y Toni Roldán, profundizó en la misma inquietud. El diagnóstico: dependencia equivale a vulnerabilidad.
Xavier Vives lo formuló con una imagen que resume el giro de época: hemos pasado de Hobbes a Orwell. En el mundo de Hobbes, el estado puede ser un daño necesario que evita el caos; en el de Orwell, el estado puede ser el caos organizado, el poder que distorsiona el lenguaje, que liquida la verdad y que convierte al ciudadano en un espectador que teme. Por eso el debate no es sólo geopolítico. Es político en el sentido profundo: qué hacemos para evitar que nuestro modelo se hunda ante nuestros ojos. Europa avanza cuando percibe la vulnerabilidad como problema compartido. La pandemia abrió la puerta a los eurobonos ya los Next Generation porque, de repente, todo el mundo sintió el mismo vértigo. Hoy, en cambio, ¿cuál es la amenaza principal? Rusia? ¿Trumpe? ¿China? ¿La desigualdad? ¿La fractura interna? La respuesta honestísima es que lo son todas. Pero, si lo son todas, es necesaria una jerarquía. Y jerarquizar significa decidir.
Decidir, en el mundo de hoy, empieza por asumir una verdad que en Europa nos cuesta porque no encaja con nuestro relato confortable: sin hard power no hay soberanía. Vives fue tajante: si no tienes capacidad autónoma de defensa, no negocias, suplicas. Kauffmann puso la prueba empírica: "No, no están preparados", dijo sobre Europa. La guerra en Ucrania nos obligó a mirar de frente una idea que no encajaba en nuestro esquema.
Pero la defensa, sola, no salva una democracia. La segunda dependencia es digital. Nube, software, infraestructuras de datos, sistemas de pago, materias primas: Europa ha dejado demasiados clavos fuera de casa.
Ahora bien, el debate más importante –y lo que explica por qué la extrema derecha crece en tantos lugares– no es la geopolítica, sino la sensación cotidiana de impotencia. Kauffmann lo dice sin retórica: las democracias "ya no funcionan bien" y, con demasiada frecuencia, "no hemos mirado en la cara los problemas cotidianos de la gente". El mejor antídoto contra el populismo es la eficacia. Vivienda, salud, transición energética, formación: no puede ser que hagamos diez planes y no hagamos nada. Si el ciudadano ve que la democracia es lenta, cara e incapaz, el populismo entra como una promesa de velocidad. Contra la extrema derecha cabe decir la verdad y acabar con el abismo entre la realidad y los debates políticos cotidianos. Éste es el vacío que llenan los demagogos.
Las jornadas han dibujado un mapa de acción. Primero, defensa europea como proyecto industrial: compra conjunta, estandarización, capacidad productiva y financiación común. Segundo, soberanía digital mínima viable: infraestructuras europeas para sectores críticos, alternativas en pagos y datos. Tercero, mercado único de verdad, sobre todo en servicios. Cuarto, diversificación estratégica: acuerdos y alianzas fuera del circuito. El mundo es grande y se está diversificando. Quinto, reconstrucción del contrato social: sanidad, educación, vivienda y movilidad social. No como un lujo moral, sino como una infraestructura democrática. Si el estado no protege, la democracia no aguanta. Y sexto, si no podemos ser 27, empezamos siendo los que estén dispuestos a ello. Blanca Garcés pidió unidad y un relato positivo. No por maquillaje, sino porque sin promesa no hay futuro. Y la promesa europea es que la libertad es posible, pero debe defenderse.
Nosotros, como periodistas, podemos hacer varias cosas: no normalizar el absurdo, no banalizar el miedo, no convertir la política en un espectáculo. Y podemos insistir en lo que hoy es contracultural: que la verdad no es opinable, que los hechos son sagrados y que la democracia sólo puede defenderse si es capaz de funcionar.
En esto consiste, también, ser comunidad. Al pensar juntos, discutir juntos y, sobre todo, decidir que no nos resignamos.