A favor, sí, del trabajo

Recordáis la película Figuras ocultas? Narra la historia real de las primeras mujeres afroamericanas matemáticas que fueron decisivas en la NASA durante la carrera espacial. El título traducido del libro en que se basó, Talentos ocultos, me parece más preciso: describe la brillantez y la perseverancia de aquellas mujeres en una época socialmente brutal para ellas. Pero lo que me conmovió de verdad fue su pasión por el trabajo. La luz en sus ojos. Las horas que pasaban sin darse cuenta. La implicación absoluta en aquello que hacían.

Hoy, una década después, me pregunto si una película con estos valores encontraría su público. Palabras como vocación, implicación, pasión por el trabajo parecen haber desaparecido del vocabulario colectivo. Vivimos en una sociedad pendular, donde solo caben extremos. Y ahora el péndulo se ha inclinado del todo hacia un solo lado: parece que la única fuente de felicidad posible es el ocio y la vida doméstica. Las encuestas lo confirman: una mayoría de jóvenes prefieren no progresar profesionalmente si eso implica menos calidad de vida, entendida como tiempo personal. Y si escuchamos a nuestros futuros médicos y médicas que acaban de elegir especialidad en el MIR, la palabra vocación cuesta encontrarla entre el marasmo de argumentos elegidos: mandan la moda, el beneficio económico, la proximidad… en pocas palabras, la comodidad.

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Es legítimo preguntarnos si todo ello es falta de cultura del esfuerzo o una reacción consciente y lúcida contra décadas de explotación laboral. Probablemente, ambas cosas a la vez. Es un avance innegable que nuestra juventud no esté dispuesta a sacrificar su vida por condiciones indignas. Durante todo el siglo pasado, el trabajo fue el eje obligado —y a menudo tiránico— alrededor del cual giraba la existencia. El feminismo y la socialdemocracia han conseguido, con mucho esfuerzo, situar el tiempo personal como derecho fundamental. Eso es una ganancia que no debemos perder.

Pero hay una trampa silenciosa en la opción más cómoda. Renunciar a crecer, evitar el riesgo, quedarse cerca: decisiones que parecen protectoras y que, a largo plazo, pueden erosionar la motivación y la salud mental de una manera que no vemos venir. Porque las personas necesitamos objetivos, metas, proyectos. Necesitamos sentir que contribuimos a algo más grande que nosotras mismas.

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Hace años hice un estudio cualitativo entrevistando a mujeres en diversos niveles de las empresas. El resultado fue unánime: a más progreso profesional, más autoestima, más satisfacción, más propósito vital. No era una cuestión solo de dinero o de estatus. Era una cuestión de sentido. Waldinger y Schulz, en Una buena vida, presentan los resultados del Estudio Harvard sobre el Desarrollo Adulto —iniciado en 1938, ha estudiado tres generaciones de familias— y llegan a una conclusión poderosa: la implicación en objetivos vitales es uno de los pilares de la felicidad. Y muchos trabajos, cuando se desarrollan en condiciones dignas, los proporcionan.

El trabajo nos da independencia económica —imprescindible para ser libres de verdad—, socialización, vínculos afectivos y profesionales, y la profunda satisfacción de contribuir al mundo con nuestro esfuerzo. Para muchas mujeres, además, esta independencia no es solo una cuestión de realización personal: es la diferencia entre una vida libre y una vida atrapada, entre poder salir de la situación violenta y no tener ningún lugar a donde ir. 

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Vamos a pasear, a correr y al gimnasio para cuidar el cuerpo, pero ejercitar la mente, sostener un reto intelectual o creativo es igual o más determinante para nuestro bienestar. Cuando un trabajo te absorbe, no miras el reloj. Esto pasa cuando es nuevo, cuando estás construyendo algo, cuando eres emprendedora o emprendedor, cuando sientes que aquello que haces importa. No es explotación: es la diferencia entre sobrevivir y vivir.

La salud es equilibrio. Vida personal y familiar, sí, y sin negociación. Vida profesional, también. Condiciones laborales dignas y justas, por supuesto. Reconocimiento del trabajo doméstico y de cuidados —que continúa recayendo desproporcionadamente, y sin sueldo, sobre las mujeres—, imprescindible. Y sí, hay otras formas de encontrar implicación y propósito: el voluntariado, los proyectos comunitarios, la creación. Pero el equilibrio no se encuentra abandonando la mitad de la balanza.

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Cuando unos periodistas preguntaron a Sigmund Freud, al bajar de un avión que lo devolvía a Viena, cuál era la clave de la felicidad, respondió: "Amar y trabajar". Dos palabras. Cien años después, no hay mucho más que añadir.