El fénix y el cisne
El Informe Fènix presentado este mes, que alerta del empobrecimiento de los catalanes por culpa de nuestra manera de crecer (y que confirma que nuestro estilo de crecimiento es ahora una especie de tumor maligno), debe configurar a partir de ahora la base de toda la actuación política, social, cívica o empresarial. Es un toque de alerta serio, grave, urgente, lleno de verdad, porque todos lo estamos notando en nuestra piel y no nos hacen falta muchas pruebas (aunque hasta ahora nadie nos había dado el diagnóstico y el pronóstico). La decadencia es del todo perceptible, indisimulable, tanto en el ámbito político como en el ámbito social y, por tanto, inevitablemente, esto acaba teniendo sus efectos económicos. Hemos perdido el empuje, en parte por razones externas, pero también por razones internas y renuncias (o desidias) propias, y el resultado es que ahora Catalunya parece no poder contar ni con una clase gobernante eficiente ni con un tejido empresarial que llegue allí donde el gobierno no puede llegar. Hasta ahora, una cosa siempre había compensado la otra. Ahora, en cambio, el terreno es yermo, el paisaje es de prado seco con vaca exprimida hasta la hemorragia, y, en la vertiente espiritual, la desmoralización es tan general y clamorosa como aparentemente inconsolable. Repartir culpas es necesario, sí, pero sobre todo será necesario repartir culpas a partir de ahora, y concretamente hacia aquellos que no reaccionen.
Políticamente, creo que la decadencia empieza el 2 de octubre de 2017. Pienses como pienses, votes como votes, estés a favor o en contra del Procés, su “resolución” o “normalización” ha dejado la confianza entre electores y elegidos en unos niveles abismales. Ya lo dije en su día, en respuesta a alguien tan cercano como Mas-Colell: si a un pueblo se le dice que no puede aspirar a todo lo que se proponga (democráticamente, inclusiva y pacífica), su autoestima corre el riesgo de caer en un pozo sin fondo. Una depresión se puede pasar, pero algunas depresiones se pueden cronificar. El caso es que, una vez aplicado el 155, Catalunya ha derivado hacia una inédita concepción política legalista, administrativista, oficialista y casi autoritaria que se resume en la idea de que somos una autonomía y basta. Una autonomía rasa, como La Rioja, como Castilla y León; un sistema de gobernanza sin singularidad y sin reivindicación, sin imaginación y sin imaginario; sin alma. Se ocuparon de ello justo cuando rebautizaron el aeropuerto del Prat y han seguido promoviéndolo vía medios de comunicación públicos, discursos oficiales, simbología física y renuncia periódica. Ahora resulta que todo versa sobre un tren orbital. Un tren orbital que sin duda es política 100% autonómica y regional, en contraste con aquel cartel de las vías del tren que invitaban a coger el destino por el cuello y decidirlo colectivamente. Nueve años de una decadencia política acelerada, en picado, en barrena. Costará mucho levantarse, tanto por miedo como por pereza. También por falta de talento, temo. Ojalá estemos (según el título del informe) ante un fénix, es decir, el ave que renace de las cenizas (y que se usaba mucho en tiempos de la Renaixença) y no ante el canto del cisne de una nación entera. El paso de una cosa a la otra es muy y muy estrecho, y dependerá de si los catalanes reaccionan, cada uno desde su ámbito, o no.
Económicamente, lo que decíamos: un modelo de crecimiento que permite decir que tenemos las constantes vitales estables pero que no permite que nos levantemos de la cama de hospital. Empresas vendidas a grupos extranjeros, mala gestión de la inmigración (la pobre y la rica), pérdida del modelo de pequeña empresa productiva, falta de arraigo de los comercios y las industrias, adjudicación de toda posible prosperidad al sector turístico o de servicios con sueldos bajísimos, falta de protección de la población autóctona en cuanto al acceso a la vivienda, aspiraciones a carreras funcionariales o altamente subvencionadas, pérdida de los referentes de grandes empresarios, de los cuales Cataluña tanto había presumido... No sé si es casual, pero las dos grandes inversiones culturales que últimamente ha vivido Barcelona han venido de la mano de una baronesa y de un marqués. No dice nada en contra de ellos, sin duda, pero dice algo en contra de la famosa tradición burguesa catalana.
Insisto: hay países que pueden sobrevivir sin causa y con el ir tirando. Cataluña, no. Es la misma diferencia entre aspirar a conservar la permanencia en Primera o bien ganar la Liga y poder apuntar a la Champions. Ah: y humillar al Madrid, cuando se puede, evidentemente.