Salvador Illa y Alícia Romero entrando al consejo ejecutivo
13/06/2026
Economista
3 min

El 1 de noviembre de 2010 Mas ganó las elecciones al Parlament de Catalunya con suficiente contundencia para gobernar. Al día siguiente, el ARA dedicaba su portada a "la agenda del nuevo presidente": 1) Adelgazar la administración, 2) Suprimir el impuesto de sucesiones, 3) Renegociar la deuda de la Generalitat, 4) Refer y acabar el Cuarto Cinturón, 5) Eliminar los 80 km/h. En el lenguaje popular distinguimos entre los políticos que pretenden cambiar el mundo y los que se quieren limitar a “gestionar”. Para entendernos, los primeros quieren aprobar el matrimonio homosexual y los segundos que los trenes lleguen a la hora; los primeros quieren cambiar el sistema educativo y los segundos que el curso comience en la fecha prevista y con las plantillas al completo. Mas se presentaba como un gestor que pondría orden después de los dos tripartitos de izquierdas que se habrían caracterizado por decisiones que frenaban el país. También consideraba –muy en línea con una ideología neoliberal que gozaba de mejor salud que en la actualidad– que las cuentas de la Generalitat podrían equilibrarse a base de recortar gastos innecesarios.Mas fracasó, no hace falta decirlo: quince años después, la administración catalana no se ha adelgazado, tanto el impuesto de sucesiones como los 80 km/h en los accesos de Barcelona siguen en vigor, el Cuarto Cinturón sigue en obras y estamos pendientes de la condonación de un 15% de la deuda del FLA. El malestar lo devoró, y acabó liderando un movimiento independentista en el que no creía. Un movimiento que –hay que recordarlo– empezó con un caos del servicio de Cercanías, cinco años antes del inicio del Procés.

Illa también ganó las elecciones, hace dos años, con una agenda de gestor dispuesto a poner orden después de gobiernos independentistas. Dejando de lado algún punto muy concreto, el plan de gobierno 2024-2027 lo podría firmar cualquier fuerza política moderada de cualquier país: más vivienda asequible, reindustrialización verde, gestión responsable del agua, equidad social, mejores servicios públicos, administración pública eficiente... El mismo Illa resumía su proyecto con el lema “Sin milagros, con trabajo”. Como Mas, Illa pensaba que basta con sensatez y orden para arreglar las cosas. En particular –y a través de su superconsejero Dalmau– también daba mucha importancia a la agilización de la administración.Desafortunadamente, el malestar también amenaza con devorar a Illa: en el ecuador de la legislatura, el acceso a la vivienda está peor que nunca, el personal docente ha entrado en una espiral de tensión en la que los mismos sindicatos están siendo desautorizados por las bases, y el personal sanitario ha iniciado una dinámica similar. En cuanto al servicio de Cercanías, las mejoras serán necesariamente muy lentas. Además, todo parece indicar que la crisis de la enseñanza acabará resolviéndose con mejoras salariales y más contrataciones, lo que creará una dinámica extensible al resto de servicios públicos, empezando por los cuidados (que ocupa el personal peor remunerado), sin que el ciudadano experimente mejoras significativas. Por otra parte, la dinámica de la política en Madrid puede abortar la nueva financiación autonómica y privar a la Generalitat de un aumento de recursos que muchos en Cataluña consideran insuficiente, pero con el que Illa ya cuenta.Tengo mucha simpatía por los gobernantes que consideran que su misión principal es gestionar. No hay ironía: les tengo mucha simpatía. Pero los tiempos que vivimos exigen otra cosa.

Tanto Mas como Illa querían ignorar al elefante en la habitación. Cuando Mas ganó las elecciones, Cataluña ya había ganado 1,3 millones de habitantes nuevos, todos con derecho a la vivienda, a la sanidad, a la enseñanza y a mil servicios públicos más; ahora ya son 2 millones. Por razones de psicología colectiva que costaría averiguar, tendemos a no querer relacionar la crisis de la vivienda, de la enseñanza y de la sanidad con el aumento de la población. Pero el hecho de que prefiramos no relacionar una cosa con la otra no impide que la relación de causalidad deje de ser obvia.Igualmente resulta obvio –cuando el tema se considera desapasionadamente– que la dinámica de deterioro que estamos viviendo no puede ser abordada solo desde medidas para hacer más ágil la administración pública, construyendo vivienda asequible (a un ritmo necesariamente insuficiente) o añadiendo más personal educativo y sanitario. Mas quiso desviar el malestar hacia Madrid y encabezarlo. Al final, no le fue bien ni a él, ni a Cataluña. Illa cree que puede controlar un malestar que, de momento, tampoco podría desviar hacia Madrid. Esperemos que, antes de hacer ninguna barbaridad o de dar paso a los xenófobos, decida frenar la creación de puestos de trabajo poco cualificados.

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