El filósofo que vuelve a Kiev para resistir

Los resortes de la memoria son implacables. Las redes sociales me acaban de traer la imagen de una escritora y traductora que conozco desde hace treinta años. Sostiene un sencillo cartel: "Ferida Duraković —Writer— Sarajevo". En el cortísimo vídeo, solo repite a cámara: “Alzados junto a Ucrania”. Durante los casi cuatro años del asedio de Sarajevo, Ferida Duraković y el poeta Goran Simić eran los amigos de la red del PEN Internacional que recibían la ayuda que vehiculábamos de manera incertísima hasta la ciudad asediada. Ellos se jugaban después la vida bajo bombas y francotiradores para repartir la ayuda entre los escritores asediados. 

El arquitecto y antiguo alcalde de Belgrado, el disidente serbio Bogdan Bogdanovič, habló de urbicidio para referirse al aniquilamiento de la ciudad de Vukovar y los bombardeos y asedio despiadado de Sarajevo. El concepto ya existía antes, aplicado por ejemplo a reducción a cenizas de Varsovia por parte de los nazis a raíz de la revuelta de la población en 1944. Pero Bogdan Bogdanović le dio una vigencia para los tiempos actuales describiendo la destrucción sistemática de las ciudades como un objetivo de guerra en sí mismo: "Los que odian las ciudades y las destruyen ya no son solamente fenómenos librescos: están entre nosotros. Falta saber de qué profundidades del alma turbada del pueblo han salido y dónde van". Su ensayo El urbicidio ritualizado fue traducido al catalán para marcar los mil días del asedio de Sarajevo.

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Este pasado lunes, en el actoVoces por Ucrania que organizaron el CCCB y el PEN Català, pudimos oír la voz de Manel Alías, acabado de llegar ese mismo día de Moscú. Antes de ofrecer su análisis, el corresponsal de TV3 en Rusia insistió en que había que coger con pinzas lo que diría, porque él –como la inmensa mayoría de los expertos– se había planteado muchas posibilidades, pero no habría predicho nunca que Putin invadiría Ucrania. Y entonces dijo: "Putin es hoy un líder mucho más debilitado que hace un mes. Mucho más débil: los objetivos que se había propuesto están cayendo uno a uno. El único que le puede quedar —y esto es lo que me da mucho miedo— es la destrucción total. Es decir, una guerra que la pierda todo el mundo, sabiendo que no la puede ganar. Esto es lo que me da miedo, y le veo capaz de hacerlo".

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Otros especialistas afirman también que hemos entrado en terreno desconocido. Aun así, la ceguera colectiva del pequeñísimo grupo de personas que mandan en el Kremlin podría adoptar formas activas en la memoria de la destrucción. El urbicidio, la destrucción sistemática de las ciudades, es una. Si hemos sido testigos de la destrucción de Vukovar y Sarajevo, y después de Grozni o de Alepo en manos de los ejércitos de Putin, ¿cómo podemos no pensar en este patrón cuando vemos lo que ya han hecho en Járkov y Mariúpol o cuando hablamos con los amigos de Kiev?

Para el acto Voces por Ucrania habíamos pedido que interviniera el filósofo de Kiev Volodymyr Yermolenko, que publicó el diciembre del año pasado el libro colectivo Ucrania a través de las historias y la historia, donde varios intelectuales y escritores ofrecen un mosaico interesantísimo de la nación que Putin pretende borrar del mapa. Yermolenko nos dijo el sábado que salía de Kiev con la familia y que ya nos haría saber dónde contactarlo para el acto de solidaridad en el CCCB del lunes. Pero finalmente no pudo participar porque, nada más dejar a su mujer e hijos protegidos fuera de la capital ucraniana, se lo repensó y volvió. Cuando finalmente hablé con él por Zoom, Volodymyr estaba de nuevo en el piso de Kiev y me dijo, sencillamente: "Ya lo sabes, amigo, he vuelto para resistir". 

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En el CCCB finalmente pudimos escuchar al vicepresidente del PEN de Ucrania, Ostap Slyvynsky, que acabó su intervención diciendo: "No somos gente agresiva ni queríamos hacer la guerra. Pero ahora necesitamos que Europa nos dé armamento para defendernos y aviones para que podamos defender nuestro espacio aéreo".

¿Será capaz, Europa? ¿Seremos testigos del urbicidio en tiempos de Zoom?