Joan Carles I en una imagen de archivo.
28/02/2026
Filósofo
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La desclasificación de los papeles del 23-F confirma lo que ya intuimos en ese momento: que la precipitación de Tejero, el golpista intemperante, fue una suerte. Levantó el telón antes de tiempo, indignado por la falta de decisión de sus colegas de conspiración. Demasiados aspirantes a dictador. Solo le siguió Milans del Bosch, dejando a los demás en un extraño fuera de juego que tuvo la virtud de deshacer complicidades y generar una cierta desbandada entre los que hacía tiempo que se movilizaban y presionaban para conseguir un endurecimiento del régimen: buscaban un golpe de estado de salón, con el rey como español y se encontraron con una envestida. Y así, la situación se volvió de repente.

En los papeles, hay rastros de estos movimientos frustrados, que se diluyeron ante un espectáculo que acabó en un callejón sin salida. Las instituciones respondieron, y al día siguiente del golpe de estado fallido fue elegido presidente del gobierno Leopoldo Calvo-Sotelo, de quien nunca nadie se acuerda. Sin embargo, dejó al país en las condiciones necesarias para que, un año y medio más tarde, un partido de tradición republicana, el PSOE, pudiera ganar unas elecciones por mayoría absoluta, completando así el ciclo de la transición y se entrara en la fase de consolidación de una democracia fundamentada con un bipartidismo imperfecto.

PSOE y PP fueron instaurando su hegemonía y, como todo régimen, España fue creando sus defensas, límites y perversiones, que ahora, en un momento en que las derechas –como en toda Europa– se desplazan hacia el autoritarismo de manera perfectamente desvergonzada, se están poniendo en evidencia. Vox, PP y Junts ya comparten voto para cargarse parte de las reformas sociales del gobierno de Sánchez.

El golpe de estado, felizmente, falló, y los movimientos conspiracionistas, que venían de un abanico suficientemente amplio, afortunadamente se atascaron en las ambiciones personales y en la indecisión. Pero las incertidumbres del presente obligan a estar en alerta. De repente, Feijóo se descuelga pidiendo el regreso a España de Juan Carlos I. ¿Cinismo o ignorancia? Feijóo debería saber que el rey emérito no está fuera de España por el 23-F, sino por los abusos y las negligencias cometidos en el ejercicio del cargo –entre la desazón económica y la insolencia– que le obligaron a ceder la Corona a su hijo, porque estaba poniendo en riesgo la propia monarquía. Nadie le ha prohibido volver, pero si vuelve, que pague. Ejercicios de confusión, como el de Feijóo, deben tenerse presentes como advertencia en este momento de desestabilización de Europa por parte de las extremas derechas: el 23-F ocurrió, pero las derechas reaccionarias están más crecidas que nunca. Y el PP opta por el seguidismo porque no quiere combatirlas, o no sabe cómo.

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