Fobias a diestro y siniestro

Me han atribuido tantas fobias que ya he perdido la cuenta. Me las tomaría en serio y me analizaría a fondo, me sometería a terapia de electrochoques si las vomitivas acusaciones tuvieran algún fondo de verdad. Solo puedo confesar una fobia que padezco en serio desde que era pequeña: tengo un miedo irracional y profundo a los camaleones. Cada vez que veo uno siento un asco irrefrenable, solo con pensar en ello me vienen unas náuseas del todo inexplicables. Es un miedo atávico heredado de mi abuela paterna: cuando la acompañaba al huerto y veíamos uno encaramado en la rama de la higuera, quieto e inofensivo, enseguida me alertaba sobre el peligro que comportaba estar en presencia de un camaleón. Tápate la boca, me decía, o se te caerán los dientes. Hay supersticiones que aunque las racionalices y veas que son absurdas y ridículas, quedan grabadas por la fuerza con la que te las transmitieron personas que son importantes para ti. En mi día a día, por suerte, no suelo tropezar con camaleones, pero quizás me viene de aquí el rechazo visceral a los hipócritas y los falsos, a todos los que cambian de valores y discurso según quién tengan delante, los que dicen una cosa y hacen otra u esconden sus verdaderas intenciones. El pobre animal solo utiliza una estrategia de supervivencia, de adaptación al medio, pero en las personas tener dos caras me parece la más cobarde y repulsiva de las actitudes, la fuente de muchos de nuestros males.

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Una nueva fobia que me han achacado esta semana es la de catalanófoba. Esto después de escribir en El País sobre el odio que se ha expresado desde el departamento de Educación de la Generalitat hacia el alumnado distinguido como inmigrante. Y sí, repito que es odio y del más repugnante porque el comentario estigmatiza a un sector de los catalanes que ya sufre con creces las consecuencias de la segregación escolar. Pero dejando de lado el tema sobre el que ya escribí la semana pasada, me ha parecido curiosa esta nueva acusación. Si soy catalanófoba, ¿entonces qué? ¿Me odio a mí misma y a una parte muy importante de lo que soy? ¿Odio a mis hijos? ¿A mi marido y a mi familia política? ¿A mis amigos y a los lugares donde paso casi todo mi tiempo? Quizás sí, hay días que me vence el pesimismo, pero las nubes oscuras que se me ponen encima de manera cíclica poco tienen que ver con los catalanes y la catalanidad. También es curioso que en estos casos, como me ha ocurrido tantas veces con los racistas de extrema derecha, la solución que me proponen los que no están de acuerdo con lo que digo es la misma: me invitan, muy amablemente, a irme "a mi país". Y lo divertido de todo es que, de nuevo, me asimilan a Vox para denunciar unas palabras en contra de los inmigrantes. Si no tuviera un psiquiatra a mano no sé dónde iría a parar, porque esas dinámicas que se han ido instalando en la opinión pública, fiscalizadoras, vigilantes, paranoicas y que leen atribuyendo siempre mala fe a quien escribe, interpretando cada palabra y cada frase como solo hacen las versiones fundamentalistas e inquisitoriales de la religión, estas dinámicas, digo, están creando un clima asfixiante y un entorno donde solo pueden estar los más puros, los más selectos, los que nunca han dicho nada que nos desagrade. Discrepar y debatir con aquellos que no piensan como nosotros ya no se estila, ahora lo que hay que hacer es ir a la caza del supuesto fascista para acallarlo, dañar la reputación de cualquiera que haga afirmaciones que no compartimos, pasar la lupa de la corrección y descartar a las personas que puedan mostrar indicios de herejía. Ha vuelto el pecado de palabra e incluso el de pensamiento. Y en el selecto club de los salvados de la hoguera de la incorrección, el de los excelsos e infalibles de elevadísima y exquisita moral, ¿quién queda? Cuatro gatos y todos amasados, perfectamente alineados. ¡Qué aburrimiento!