¿Puede haber democracia en un mundo tan desigual?

Un sintecho durmiendo en la calle en el barrio de Sant Antoni, en Barcelona.
14/01/2026
Socióloga
3 min

Por mucho que queramos ignorarlo, el año comienza oscuro, políticamente hablando. Trump da la vuelta al orden global, y nos encontramos ante un rápido crecimiento de las opciones de extrema derecha, muy amenazadoras y que, en este momento, parecen tener una fuerza imparable. Para los que somos mayores y hemos vivido bajo la dictadura, esta tendencia es casi incomprensible, y es inevitable que nos preguntemos cómo hemos llegado hasta aquí.

Las causas son múltiples, evidentemente. Desde mi punto de vista, sin embargo, hay una principal. Después de la Segunda Guerra Mundial, en el mundo occidental predominó el punto de vista socialdemócrata, y la vida de la mayoría de la gente mejoró mucho. A partir de los ochenta empezó la etapa neoliberal, cuyas consecuencias son las que sufrimos ahora. Hasta ese momento se estaba produciendo en Occidente una cierta redistribución de la riqueza. En los ochenta, se pusieron en marcha un conjunto de mecanismos vinculados a la globalización, las políticas autoritarias y la anulación de los sindicatos que crearon las condiciones para el drenaje de riqueza hacia una minoría y modificó la distribución de los ingresos.

Es el gran crecimiento de la desigualdad económica, que genera desigualdades de todo tipo y que siempre se acaba traduciendo en una polarización política, reflejo de una sociedad fracturada. La nueva edición del World Inequality Report, publicada hace unos días, nos lo confirma. La magnitud de la desigualdad es ahora estremecedora, pero, sobre todo, lo es la tendencia. Si observamos cómo se distribuyen los ingresos, vemos que el 10% más rico del mundo dispone del 53% del total; el 40% medio, del 38% de los ingresos –por debajo, por tanto, de lo que debería recibir en una distribución igualitaria–, y el 50% más pobre recibe únicamente un 8% del total. Si miramos lo que ocurre con la riqueza –propiedades de empresas, tierras, viviendas...–, la distribución es aún más desigual: el 10% más rico acapara el 75% de la riqueza mundial; el 40%, sólo el 23% y la mitad más pobre de la humanidad, el 2%. Como síntesis: unas 56.000 personas –una milésima parte del 1% más rico– acumulan tres veces mayor riqueza que el 50% –unos 4.100 millones de personas– más pobre del mundo. Y, como vemos, incluso la clase media está despojada de la riqueza que le correspondería en un mundo igualitario. No nos puede sorprender, pues, el creciente malestar que constatamos.

Evidentemente, la desigualdad no es igual en todas partes. Uno de los países más desiguales es, justamente, Estados Unidos: en datos de 2024, el 1% más rico es propietario de un 34,8% de la riqueza total, mientras que el 50% más pobre dispone únicamente del 1%. No es por azar, pues, que la democracia norteamericana, que parecía tan sólida, dé señales desesperadas de encontrarse en muy mal estado.

Y es que hay que ser conscientes de que la democracia es incompatible con ese desnivel tan acentuado de la riqueza. ¿Alguien puede creer en serio que se puede participar en igualdad, que puede haber cohesión y convergencia de intereses, cuando las situaciones personales son tan extremadamente distintas, cuando muchos necesitan que todo cambie y otros quieren que todo siga igual y que su proceso de enriquecimiento se acelere? ¿Aún nos preguntamos cómo hay crispación? ¿Que cómo, en vez de ser ámbitos para construir acuerdos, los Parlamentos sean ahora espacios cargados de insultos y, en determinados lugares, queden directamente anulados por las dictaduras, la violencia física y la represión? ¿Qué cómo es que las instituciones jurídicas se dividan y politicen, y pierdan su función de ecuanimidad?

Un hecho sorprendente de la crisis actual es que la gran mayoría de gente que experimenta el empobrecimiento se decante por opciones de extrema derecha, cuando el espíritu revolucionario solía inclinarse hacia la izquierda. No es la primera vez que esto sucede. Lo sabemos bien, conociendo lo que fueron el nazismo y el fascismo, e incluso la Falange española, que nació con ribetes de obrerismo. El populismo y la demagogia son las bases de estos movimientos, y señalan a unos culpables de todo: en Alemania les tocó a los judíos, en España en buena parte a los catalanes, y hoy recae sobre los inmigrantes. Todo basado, por supuesto, en una profunda despolitización de la población, ahora convenientemente manipulada desde las redes sociales.

Este año se celebrará en París una conferencia sobre la desigualdad en la que intervendrán algunos de los economistas más conocidos del mundo, muchos de ellos del equipo que confiere el World Inequality Report. Esperamos que sea exitosa y estaremos atentos a sus recomendaciones. Porque la desigualdad creciente lo está estropeando todo. Si no logramos invertir su crecimiento, vamos hacia un desastre colectivo anunciado. Un tipo de desastre que, a partir de un cierto momento, ya no suele tener freno.

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