De repente, un impulso. Iba a sonreír, a hacer esa mueca, medio de cuando te molesta el sol, medio de cuando ves que alguien se ha hecho daño, pero no la hago. Me detengo. La chica me hablaba de forma precipitada, deprisa, con una cantinela que he oído, a veces, en la cola del supermercado, cuando me preguntan por el redondeo y la respuesta será no.
"Vale", le digo. "Sí, tengo diez minutos. El tren que tengo que coger sale ay cincuenta y ocho y, por tanto, debería esperarme en el bar haciendo un café. Sí, diez minutos". Ella me mira asombrada. Aún no me cree, o no del todo. "¡Ah!", exclama. Es un "ah" de sorpresa crítica. Ese "Ah" que haces cuando, por ejemplo, alguien tenía que hacer algo que no ha hecho. Cómo recoger la basura. ¿Las has recogido? No. Ah. Un "Ah", que pide a gritos una cola, como "mira" con puntos suspensivos. Ah, mira...
"¿Dónde lo hacemos? ¿Aquí mismo?", le pido. "¿O quizás tenías previsto ir al hotel?" A veces, estos encuestadores tienen una sala de operaciones y aquí, enfrente, hay uno de hotel. "Es que no sé...", barbotea. "Es que..." Y se interrumpe y mira a los compañeros, que tratan de parar a los yendo y venideros sin ninguna suerte. Los yendo y venideros, y esto es sorprendente, caminan pesados y lentos hasta que los ven. Verlos e iniciar un recorrido de marcha atlética es todo uno. Dejan los bastones y los andadores y vuelan. Sonrío. "¿Y pues? ¿Quieres hacerlo aquí? Sólo tengo diez minutos, tengo que coger el tren", le recuerdo. Con los ojos brillantes, como si hubiera bebido agua con gas, resopla y me dice: "Es que nunca me había pasado. Nunca, nunca, ninguna persona se ha parado cuando le he preguntado si tenía un minutito. Eres la primera".