La otra Francia-España
Las derechas españolas siempre han tenido un cierto complejo respecto a Francia. Ver la unidad nacional francesa, aparentemente tan bien atada, frente a una nación española que nunca ha podido neutralizar del todo los hechos diferenciales periféricos, parece que les acompleja: ¿por qué ellos sí y nosotros no? Les altera tener de vecino un país que el general De Gaulle dejó sustancialmente articulado en la posguerra. Si tuvieran la dignidad de pensar a quién confiaron las fuerzas reaccionarias la estructuración de la patria (al general Franco con una guerra) y a quién la confiaron los franceses, verían que hay un abismo que debería darles vergüenza, pero hacen ver que no se acuerdan. No es extraño que cuando la derecha hispánica quiere hacer patria emerja el resentimiento y se dispare la psicopatología de las pequeñas y las grandes diferencias.
Hasta el expresidente Mariano Rajoy, con fama de tener los hombros bastante más anchos que los demás, ha caído en la tentación. Y, queriendo ser gracioso, se ha puesto en evidencia: “[La selección francesa] dispone de una plantilla de altísimo nivel. Eso sí, sin franceses”. No es extraño que Emmanuel Macron haya corrido a hacerle notar que la condición nacional es un derecho, no un atributo genético. Parece que Rajoy todavía está en el primitivismo de los que dicen que “patria no hay más que una y a ti te encontré en la calle”. Es una música que vuelve a estar aquí: el autoritarismo, con la democracia como cabeza de turco, aquí y en toda Europa.
La gran aportación de Feijóo habrá sido la redención de Vox: aceptar como socio estable un partido neofascista que no se esconde; antes al contrario, que invita al PP a hacer el camino juntos, que no es lo mismo que con Junts, precisamente uno de los testimonios de la imposibilidad de llevar a Vox y al PP el debate de la multinacionalidad.
Al PP se le hace larga la espera. Parecía que tenía una autopista hacia la alternancia y, de momento, lo único que ha concretado es su dependencia de Vox, que crece sin escrúpulos y pone a la derecha presuntamente liberal-conservadora ante la vía del autoritarismo. El dato objetivo es que el PP es plenamente dependiente de la extrema derecha. El perfil bajo de Feijóo ha empezado a mover voces dentro del PP que piden una alternativa, porque ven que el partido pierde fuelle y que hace falta una aceleración ambiciosa que les permita recuperar el poder sin quedar en manos de Vox. Y Feijóo, siempre pegado a la tierra, abre la puerta a Abascal, como si él mismo fuera a la reserva ante la incapacidad de tejer un proyecto que haga pensar y dudar a las franjas fronterizas del electorado. Y así –del liderazgo a la chismografía– el personaje se desdibuja día a día.
Feijóo lleva unos días tambaleándose, con Vox apretando por un lado y una parte de su electorado viendo que el activismo del PP, más que empoderarle, desconcierta. Y así, cuando se acerca la hora decisiva, en vez de abrir horizontes lo que genera es ruido, con propuestas que quieren parecer osadías y son ideas forzadas que traen más irritación que votos y que son gasolina para Vox. Por ejemplo, con su oposición a la ley de limpieza, y con una frase que bate récords de inoportunidad: “[El absentismo] es un cáncer que no podemos pagar. [...] Si en los convenios de empresa se pacta que una persona que no va a trabajar cobre lo mismo que una persona que va a trabajar, ¿qué quieren que les diga?” Una rotunda exhibición de insensibilidad: el cáncer como metáfora del mal y el absentismo como tentación suprema de la condición humana. Ciertamente, así no se puede ir muy lejos. Al PP se le hacen imprescindibles las muletas con las que Abascal tienta a Feijóo.