Los fuegos y los espabilados

Tras una mínima tregua (no la llamaremos “de cortesía”, porque eso ha desaparecido), y tal como era de prever, la derecha ultranacionalista española y españolista ha salido en tromba a aprovechar el desastre de los grandes incendios (los de todas partes, pero especialmente, como es de esperar también, los que asedian Madrid) para hacer demagogia y politiquería. Podéis leer la crónica de Roger Hernàndez Pujol en este diario.Más listo y ágil, Pedro Sánchez se les adelantó con una propuesta: un pacto de estado para la emergencia climática, que le había quedado aparcado el año pasado. Es cierto que, para contrarrestar su sempiterna debilidad parlamentaria y afrontar el último año de esta legislatura abollada y fiera, a Sánchez le iría de maravilla liderar un pacto de estado del que sea. Pero es igualmente cierto que, al margen de las conveniencias políticas de Sánchez, no faltan materias bien necesitadas de grandes acuerdos y proyectos de mejora pensados a largo plazo: educación –como vemos de manera especialmente cruda estos días en Cataluña–, violencia machista, alternativas a la especulación inmobiliaria y al turismo de masas, impulso a la búsqueda y la investigación, etc. Si la política no se hubiera convertido en un espectáculo grotesco parecido al de Ibai Llanos que critica Mónica Planas en su artículo, los partidos sabrían hacer estos grandes pactos y, a la vez, mantener el tono y la tarea de la oposición. Pero no es así: resulta más sencillo seguir la inercia de la polarización y la crispación sistemáticas, aunque sea al precio de chocar directamente contra la realidad: es aquello que conocemos como negacionismo. Cuando Sánchez saca a relucir su propuesta de pacto de estado para la emergencia climática, lo hace sabiendo que PP y Vox no tan solo no la suscribirán, sino que la rechazarán con la habitual algarabía negacionista. Lo hace, también, para ponerlos en evidencia.No es, sin embargo, ninguna cuestión menor. El calentamiento global alcanzó los 1,37 grados por encima de la era preindustrial en el año 2025, y en el año 2030 podría alcanzar el incremento de 1,5 grados que el Acuerdo de París de 2015 fijó como límite. Las consecuencias ya las sufrimos ahora, en forma de incendios y fenómenos meteorológicos extremos. No hay que ceder a la imaginación apocalíptica para comprender que el estilo de vida desarrollado por Occidente en los últimos cien años no es sostenible en los próximos cien: no, al menos, de la manera que lo conocemos. Habrá que dedicar recursos, humanos y económicos, a encontrar alternativas que, al mismo tiempo, sean medioambientalmente aceptables y no supongan un retroceso en la forma de vida de las personas. Algunos, sin embargo, lo tienen claro: en Baleares (estos días de actualidad), un gobierno negacionista de PP y Vox ha legislado para desregular el suelo rústico y los espacios naturales protegidos, a fin de poder construir y especular. La amenaza de la extrema derecha es contra la democracia, ciertamente. Pero también contra la naturaleza y la salud de las personas, a cambio del beneficio económico no de una élite (palabra demasiado prestigiosa), sino de las pandillas de listillos de siempre.