Gaziel, 1936
La derechización del país avanza de forma imparable. No hablo en términos electorales, sino del nivel de crispación y simplificación del debate, ingredientes de este giro hacia la derecha más pura y dura, la que presume de encontrar con facilidad culpables y remedios. La derecha se está adueñando del paisaje y encuentra terreno abonado en un país como Cataluña, donde coinciden diversos factores de desafección: a) un sentimiento de decadencia y desarraigo; b) una tensión real de los servicios públicos, y c) la respuesta pendular al giro izquierdista de los años del Procés, cuando la CUP marcaba la agenda con un izquierdismo poco práctico y muy moralista (“franciscano”, decía Enric Juliana). La década de 2010, en Cataluña, fue una Era de Acuario, con mucho postureo y frases hechas. Manuel Delgado ha dicho que “ante los discursos de odio, la izquierda ha ofrecido huertos urbanos”. Es una exageración, pero basada en hechos reales.Ya tengo una edad y recuerdo cómo los yuppies hedonistas de los años 80 se reían de los hippies. Todo es cíclico, pero cada ciclo empeora las cosas. La crisis migratoria ha desarbolado a las izquierdas, que se han quedado sin respuesta, han gastado el apelativo fascista hasta el punto que ya no significa nada y han dejado el campo abierto a trumpistas de pacotilla que predican el maniqueísmo y el odio étnico. Para hacer frente a esta ofensiva, el antifascismo ya no tiene a un David Fernàndez, sino a Juana Dolores y otras parodias que osan hablar en nombre de la clase obrera y continúan señalando naderías en lugar de abordar lo que siempre había sido el punto fuerte de la izquierda: las políticas reales contra la desigualdad y el derrumbe de los servicios públicos. Estas son amenazas de primera magnitud que la derecha rampante difícilmente abordará, porque le sale más a cuenta propagar el miedo y el odio hacia el débil, y, en el caso de España, estimular un resurgir patriotero que, ya sin exagerar, se puede tildar de neofranquista. Lo más preocupante de este fenómeno no son los descerebrados con sus rebuznos, sino la policía, los jueces y las oligarquías económicas y mediáticas que esperan pescar en aguas revueltas. Es una coalición demasiado poderosa para que el PSOE pueda hacerle frente, teniendo en cuenta que el gobierno Sánchez circula sin volante y con las ruedas pinchadas.España camina con paso firme hacia la hegemonía de PP y Vox, que tendrá un reflejo menor en Cataluña. Pero enfrente no está el viejo catalanismo transversal, mesocrático y basado en la fortaleza cívica, sino un PSC entregado al PSOE y, por tanto, en estado de shock; dos partidos deprimidos que gestionan el naufragio del Procés y una ultraderecha nuestra que en vez de desafiar al Estado, como tocaría, prefiere cargar contra los que llevan velo y no comen cerdo. Un panorama desolador que solo se podrá revertir cuando la catalanidad –que, a pesar de su adelgazamiento, constituye nuestro tuétano, en un país trinchado por las divisiones de todo tipo– se decida a hacer frente común y plantar cara. Desde el 1 de octubre, sabemos que esto significa conflicto. Externo e interno. ¿Estamos preparados?Recordemos –una vez más– al periodista Agustí Calvet, Gaziel. En 1936, cuando Companys le pidió consejo, el periodista le pronosticó el ascenso del fascismo y la caída de la república: “¿Tendremos tiempo de organizarnos (...) para que cuando llegue el derrumbe inevitable no se derrumben también nuestras libertades?”, se preguntaba. Y finalmente, una apelación a la unidad de los catalanes: “No es (...) una tarea indispensable: es LA ÚNICA”. La diferencia es que Gaziel propugnaba esta unidad catalana frente a “la España castellana y castellanizada”, y hoy en día sabemos que no es posible hacer un corte limpio entre estas dos realidades. He aquí el reto al cual nos enfrentaremos.