Del Gitano a Oques

La última vez que hablé con él me volvió a repetir que no quería ser Elvis Presley. “Ahora ya me da igual. Elvis Presley ya no me hace gracia. Ahora quiero ser el pastor del rebaño porque se tiene que ayudar a la gente”. Esta semana moría Joan Porta Salse, el Gitano de Balaguer. Aquel niño que con once años quería ser Elvis Presley.

Vivió en un mundo que ya no existe. Una Cataluña iceberg, hundida, congelada, a pesar de ser real. Un país de jóvenes como Joan. Eran los 80 y 90. Chavales que querían ser músicos. Que montaban grupos y más grupos. Que tocaban en los cientos de discotecas, pubs, locales, antros, tugurios, búnkeres que existían. Eran dueños de la noche. Miles y miles de jóvenes yendo de un lado a otro. Hubo un país que era local, comarcal, pero universal. Como esto no pasaba en la Barcelona dictatorial no se vio, pero era masivo, energético, decisivo. Hubo una Cataluña real. Fue un país feliz y triste.

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Había campesinos que morían en los lavabos de sobredosis de heroína, pero como no eran yonquis oficiales urbanos, del asfalto, de la ciudad, no contaban, no se querían ver. Todo era a granel y a raudales: la alegría y la pena. El Gitano de Balaguer es metáfora de todo. El joven que creía que podía cambiar su vida y la vida le cambió a él. Aparecieron los brotes psicóticos, esquizofrenia, depresiones... La cabeza como un coche bomba ambulante. La flaqueza, la debilidad, la impotencia, queriéndola curar con adicciones para arraigarse a la tierra. Me lo explicaba él: porros, alcohol mezclado con medicamentos, “la perica”, el speed, el MDMA, la ketamina… “Los bichos, los bichos, no son bichos que vuelan, son LSD”. Enganchado… “Desde los 18 años hasta los 38, 40, 42…” Los puntos suspensivos como una hipótesis del futuro.

Entre una realidad de albañil de día y cantautor de noche. Entre drogas. Enganchado, cogido, aferrado, imantado, congelado a una guitarra como si fuera una adicción para curar las otras adicciones. No eran solo las letras: era la voz, el rostro, los ojos, el flequillo, los gestos… Llevaba los tatuajes, las cicatrices de la vida en las cuerdas vocales. El niño que quería ser músico cantaba a sus enfermedades mentales, al capazo de toxicidades, a las decepciones, tristezas... La música podía ser una redención, una salvación. Como si solo lo pudiera rescatar lo que no se ve pero se siente.

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Creía que la música lo podía curar. Y que si él se curaba podía curar a los demás: “La música es como la palabra de Jesucristo, que ha ido de uno al otro, todas las generaciones. Y creo que es la medicina de todos. Lo que hablamos psicológicamente, mentalmente, educacionalmente, todo lo que ha sido el comportamiento de la sociedad humana”. Amén.

La música. La música del Gitano, o la música de Oques Grasses, porque dice adiós el grupo, pero no la música. Me lo explicaba Joan: “Ahora, cuando te mueras pasará como una cebolla... Una cebolla crece de todas maneras. Con la semilla de la bolita que hace arriba cuando ha madurado y hace una bolita y hace mil o un millón de semillas, que son puntitos negros muy pequeñitos y cada puntito negro es una cebolla. O si plantan la cebolla entera, hace la cebolla de calçot, que hace ocho o diez cebollas alrededor. En la vida volveremos a brotar en otro lugar, o de otra manera, pero volveremos a brotar, seguro”. Por eso queremos que vuelvan los Oasis, que U2 retornen con una nueva gira… Quien quieras, quien creas. La música: lo que no se ve puede ser una salvación.