Cuando un gobierno falla lo que es fácil
“Hay que admitir que, hoy, gobernar no es nada fácil. Al menos, no tan fácil como años atrás”. Escribo la frase entre comillas porque cada vez la oigo decir más en privado a políticos de diferentes partidos, tanto del Gobierno como de la oposición. Citan el empobrecimiento de los trabajadores, la falta de vivienda, la atomización mediática y la imposibilidad de dirigir el relato a causa de la multiplicación de emisores, el ambiente hostil de las redes, el perjuicio causado en el bolsillo de la gente por decisiones políticas o económicas tomadas a miles de kilómetros, la magnitud y frecuencia de los desastres naturales, etc. Algunos añaden la burocracia, que ralentiza (cuando no ahoga) los procesos administrativos y las consecuencias laborales que puede comportar el despliegue de la IA (Bill Gates acaba de afirmar que es más peligrosa socialmente de lo que admite la industria tecnológica).
Los partidos sabrán si se quieren poner de acuerdo para enfrentar conjuntamente alguno de estos problemas o si prefieren dejarlos pudrir en nombre de una supuesta coherencia ideológica que permite hacer oposición para luego ir lamentándolo en privado.
Mientras tanto, sin embargo, hay problemas inadmisibles, como el creado por el departamento de Educación con las pruebas PISA. Las explicaciones de la consejera fueron claras, pero también la señalan a ella y, por tanto, al presidente. De esto se dice fallar lo que es más fácil, porque no estamos hablando de ninguna pandemia. Es un desastre que haría daño en cualquier partido, pero más en uno que llegó al gobierno con la presunción de saber hacer funcionar la administración, sin aquella absorción de todos los problemas a causa del Proceso. La amenaza de huelga a comienzos de curso, más allá de la responsabilidad que tienen los sindicatos, es otra luz de alarma en el departamento de Educación, donde ya tropezó el anterior gobierno de Esquerra.