Estar en el gobierno no es tener el poder
El poder es una hidra de Lerna, un dragón de diversas cabezas. Una parte del poder se concreta en instituciones formales, pero hay centros que tienen como mayor fortaleza precisamente su carácter informal. La división de poderes de Montesquieu, que es el esquema de equilibrios y control que predomina en las cada vez más desgastadas democracias modernas, no contiene, ni de lejos, los ámbitos de influencia y de decisión que intervienen en la economía, la política o la sociedad. Aunque en el mundo libre, abierto y democrático pensemos en la preeminencia de lo político, lo cierto es que en este ámbito, aunque se tiende a sobreactuar, en realidad los excesos verbales son una demostración de debilidad e impotencia. El poder, cuando es real y auténtico, tiende a ser poco ruidoso y a moverse en una cierta clandestinidad. Cuando la opacidad supera lo evidente, estaremos ante una sociedad que ha perdido el valor de la transparencia y donde impera el reino de la ocultación.Las organizaciones políticas, los líderes, pierden toda credibilidad en la medida en que ostentan el gobierno, pero gobiernan entre poco y muy poco, ya sea por incapacidad o por el bloqueo que hace la oposición, que puede ser política de forma estridente, pero que puede ir acompañada del poder judicial empoderado, de los sectores económicos que quieren políticas más benévolas o bien de unos medios de comunicación predominantemente en contra de quien dispone formalmente del gobierno. En España, decir que Pedro Sánchez ostenta el poder sería una falacia. Ha tomado decisiones sociales y económicas muy valientes, pero no puede aprobar presupuestos, y los teóricos aliados en el Congreso le hacen decaer las grandes iniciativas legislativas. Al mismo tiempo, los órganos del poder judicial le demuestran —día sí, día también— quién manda de verdad.Los grandes poderes económicos se expresan en el palco del Bernabéu o en los diarios pidiendo rebaja de impuestos y una mayor liberalización económica, especialmente de los servicios públicos. Mientras tanto, los obispos denigran a la izquierda gobernante desde el púlpito y los pseudomedios llenan el espacio comunicativo de descalificaciones, mentiras y medias verdades. El electorado de izquierdas que no cae en el relato ficcionado del antisanchismo, sabe que está en modo "resistencia" y que se bloquean sus políticas mientras recibe un ataque despiadado de una justicia que ya lo es todo, menos justa. Quien gobierna no tiene el poder, no dispone de la hegemonía en el sentido gramsciano: es un masovero que se quiere desahuciar, ya sea de forma civil o criminal.
En Cataluña, aunque con muchos matices, la realidad no es tan diferente. No existe el nivel de agresividad y polarización de la política española, ni los niveles e intereses de poder son tan fuertes, pero el gobierno actual parece más que reine que no que gobierne. Mayoritariamente, al menos por el momento, gran parte de la sociedad catalana ha comprado y comulga con el apaciguamiento de ardores guerreros del independentismo y con un modelo de gestión tranquila. Sin embargo, hay indicios para pensar que no estamos en el post-Procés, sino en una retracción temporal mientras el discurso y las fuerzas se reorientan hacia la extrema derecha: estamos en una especie de “paisaje después de la batalla” mientras se intuyen batallas futuras todavía más sórdidas.Mientras tanto, el independentismo moderado, o no tanto, continúa dominando el relato y preserva su hegemonía de manera muy intensa en los medios de comunicación, especialmente los públicos, y en la política cultural. En Cataluña, el Gobierno no sufre un bloqueo parlamentario y ha conseguido aprobar unos presupuestos, a cambio, pero, de que especialmente Esquerra pero también Junts continúen marcando muchas de las grandes políticas y que los últimos ejerzan el papel de portavoces de los intereses empresariales. Hasta hoy no se ha conseguido crear un relato político diferenciado ni la primacía de unos objetivos políticos claramente transformadores.Parece evidente que quien votó al PSC y a los Comunes quería un gobierno no nacionalista y políticas sociales que revirtieran los años en los que el poder dejó decaer mucho los servicios sociales y las infraestructuras básicas. Votantes que querían más vivienda, menos turismo y un mayor predominio de lo público, además de abandonar la ramplonería cultural del postpujolismo y los discursos tribales. No hay mayoría parlamentaria y hay que hacer concesiones, lógicamente, pero el peso de lo antiguo es tan grande aún que el peligro es que parezca que no ha cambiado nada. En general, al electorado progresista no le gusta que los suyos solo ocupen el poder y no transformen, que no se mejore la vida de todos. Cuando esto pasa, y en la casa socialista se tienen evidencias pasadas, la gente pierde la esperanza y la motivación. Y la salida suele ser quedarse en casa.Hay un sarcasmo zurdo que a menudo reprocha que la socialdemocracia coge el gobierno con la mano izquierda y suele ejercerlo con la derecha. También se dice, recordando la época Maragall, que en Cataluña, se sea o no nacionalista, cuando se gobierna se hace nacionalismo. La izquierda siempre sufre, por suerte, de la exigencia de la coherencia. Habría que evitar dar la impresión de que lo que debía ser una alternativa acabe en mera alternancia.