Las grandes olvidadas de la escuela inclusiva

Una profesora trabajando con un alumno en una escuela inclusiva de Barcelona.
19/06/2026
Vigilante
3 min

Mientras estos días se habla de huelgas educativas, de falta de recursos y de las necesidades de los centros escolares, hay un colectivo que casi no aparece en los titulares: las vetlladores. Somos las profesionales que acompañamos a niños y jóvenes con discapacidad, trastornos del desarrollo o dificultades de autonomía para que puedan participar en igualdad de condiciones en la vida cotidiana de los centros escolares: en las aulas, en los patios y en los comedores. Sin embargo, pocas veces se habla de nuestras condiciones laborales, de nuestra formación ni de la importancia que tiene nuestro trabajo para que la inclusión sea una realidad y no solo una declaración de intenciones.

Persiste una imagen equivocada de nuestro colectivo, como si se tratara de un trabajo poco cualificado. La realidad es otra: trabajamos cada día con un alumnado que requiere conocimientos, sensibilidad y coordinación con otros profesionales. Muchas contamos con formación especializada: somos educadoras o integradoras sociales, educadoras infantiles, auxiliares sanitarias… A pesar de todo, seguimos clasificadas laboralmente como monitoras de ocio, una categoría que no refleja ni las funciones ni la responsabilidad que asumimos.

A esta falta de reconocimiento se añade una gran inestabilidad laboral. La mayoría trabajamos con contratos fijos discontinuos, que implican pasar al paro cada verano. Cuando el curso acaba, no sabemos en qué centro trabajaremos el siguiente, cuántas horas tendremos asignadas ni qué salario cobraremos. Podemos pasar de una jornada relativamente estable a una asignación de pocas horas semanales, lo que dificulta enormemente mantener una economía digna. Además, como nuestro servicio está externalizado, dependemos de empresas privadas que obtienen la gestión mediante concursos públicos. A lo largo de los años muchas hemos pasado por diversas empresas diferentes sin dejar de hacer exactamente las mismas funciones. Esta situación genera una incertidumbre permanente y dificulta la creación de equipos estables.

Hay, todavía, una parte menos visible: atender a este alumnado no es solo estar a su lado unas horas. Hay que preparar materiales adaptados, coordinarse con tutores, orientadores, familias y especialistas, y planificar intervenciones. Estas tareas pocas veces tienen tiempo reconocido dentro de la jornada, y muchas dedicamos horas de nuestro tiempo personal. Lo hacemos por compromiso y vocación, pero la calidad de la inclusión no debería depender de la buena voluntad de quien trabaja en ella.

Nos preocupa profundamente la situación del alumnado. Cada día vemos niños y jóvenes con dificultades de aprendizaje o indicios de trastornos del neurodesarrollo que, por falta de diagnóstico o de criterios administrativos, no tienen acceso a suficientes horas de apoyo. Asisten a clase, intentan seguir explicaciones que a menudo no comprenden y van acumulando frustración. Los docentes hacen un esfuerzo enorme, pero una sola persona no puede atender a la vez a diversos alumnos con dificultades y al conjunto de la clase. Y cuando faltan apoyos, quienes más sufren son los más vulnerables.

Nuestra reivindicación no cuestiona el papel de los educadores ni el de otros especialistas; al contrario, reconocemos su trabajo y sabemos que también sufren la falta de recursos. No queremos sustituir a nadie ni ser una alternativa más económica, sino formar parte de equipos sólidos, coordinados y estables.

No reclamamos privilegios. Reclamamos reconocimiento profesional, estabilidad laboral, una categoría acorde con nuestras funciones, tiempo para coordinarnos y preparar el trabajo, continuidad en los centros y recursos suficientes. Reclamamos que deje de considerarse normal ir al paro cada verano, desconocer nuestro destino y horario cada septiembre o hacer parte del trabajo fuera de la jornada.

Porque la inclusión no se construye solo con leyes, discursos o buenas intenciones, sino cada día en las aulas, gracias al esfuerzo conjunto de docentes, educadores de educación especial, orientadores, familias y profesionales de apoyo.

Y entre ellos también estamos las cuidadoras/auxiliares. Sin nosotras, la inclusión educativa sería mucho más difícil de hacer realidad.

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