Nosotras guapas, ellas pobres
El sábado en Catalunya Ràdio un corte de voz recogía las demandas de una de las dependientas del sector del comercio textil y del calzado que se había sumado a la huelga y se manifestaba en el centro de Barcelona. Describía una estampa insólita que me habría gustado ver con mis propios ojos: que en la tienda de Chanel del paseo de Gracia, a falta de trabajadoras para atender a los clientes, algunos directivos se tuvieron que poner detrás de los mostradores. Las protestas tenían como principal objetivo frenar el nuevo convenio colectivo propuesto por la patronal, que supone un retroceso en los derechos laborales de un sector que ya es de los más precarizados. Para reducir estos derechos pretenden adoptar la ya conocida dinámica mediante la cual se ha ido empobreciendo a las clases trabajadoras en las últimas décadas: ir sustituyendo las plantillas veteranas por nuevas tandas de contratadas con condiciones muy peores. Hasta que llegue el día en que ni siquiera podamos recordar que hubo un tiempo en que los trabajos tenían condiciones más dignas. Eso de “viviremos peor que nuestros padres” es una aceptación sin resistencia de esta deriva neoliberal que quiere que consideremos como una especie de destino fatal este cambio en la organización del trabajo y la distribución de riqueza de las empresas, cada vez más avariciosas y capaces de exprimir la base de su pirámide productiva hasta niveles decimonónicos.
Por curiosidad miro en su web cuánto puede valer un bolso de Chanel: cinco mil, seis mil, ocho mil euros. A las dependientas del sector les pagan ahora mismo veintiún mil euros, pero quieren reducir la cifra a dieciocho mil para las que entren nuevas. Lo que quiere decir que la vida de una mujer dedicada la mayor parte de las horas de la semana a despachar bolsos de lujo vale un par o tres de estos bolsos.
Entre las principales firmas que forman parte de la patronal que pretende este cambio está Inditex, un grupo que acaba de lanzar la primera campaña publicitaria protagonizada por una estrella como Bad Bunny. En nuestro mundo, más basado en la defensa de los símbolos culturales que de la materialidad real que permite pagar facturas y comer cada día, el cantante de Puerto Rico puede quedar como una figura de prestigio que defiende a los inmigrantes y la diversidad y la inclusión al mismo tiempo que pone la cara para una gran corporación que se sostiene sobre un modelo extremo de explotación. Las dependientas de las tiendas son la última pieza del engranaje. Las primeras, las que hacen la ropa y los zapatos, están lejos y no las veremos protestar delante de ningún establecimiento. Las condiciones en las que fabrican lo que nos ponemos se acercan, en muchos casos, a niveles de esclavitud. Gracias a esta desigualdad brutal y a las herramientas de ingeniería fiscal sólo al alcance de quien tiene el poder económico, Inditex obtuvo en 2024 unos beneficios netos de 5.866 millones de euros, lo que supone una subida de un 9% respecto al año anterior. O sea que no es una compañía con problemas económicos precisamente la que quiere empobrecer aún más a sus trabajadoras.
Por otro lado, el sector de la moda rápida es uno de los más contaminantes del planeta. Vender ropa que con apenas aguanta un par de lavados, hecha de fibras sintéticas que no se pueden reciclar, y crear necesidades que no existen en las consumidoras para convencerlas de cambiar de modelito cada dos semanas (extrayendo así una riqueza que es fruto del trabajo) acaba generando ingentes cantidades de residuos y emitiendo gases a la atmósfera. Eso sí, en los escaparates y en las redes, en las revistas, todas muy monas con el amarillo mantequilla que es tendencia, o los pantalones cortos que ahora deben ser por debajo del ombligo. Y es que el espejo no nos devuelve el reflejo de lo que hay detrás de lo que consumimos: explotación y contaminación a niveles nunca vistos.