Parece que la guerra actual acabará reforzando a Irán. Quizás se acabará devolviendo, más o menos y con otro nombre, al JCPOA de Obama de 2015 (Plan de Acción Integral Conjunta), que limitaba el programa nuclear de Irán a cambio de levantar las sanciones impuestas. Una situación que debilitaría el apoyo casi incondicional de los EE. UU. a Israel y que cuestionaría el proyecto del Gran Israel defendido sin pudor por el gobierno Netanyahu.Por otro lado, el conflicto Palestina-Israel se ha colado en nuestro país en los últimos días incluso en las celebraciones deportivas y en el apoyo que Pedro Sánchez ha brindado al futbolista del Barça Lamine Yamal por haber ondeado una bandera palestina. Sin embargo, algunos conceptos clave de este conflicto, como sionismo o antisemitismo, no siempre están del todo claros cuando se habla de estos temas. Por ejemplo: ¿hay sionistas antisemitas? Sí, y más de un tipo.
La creación del Estado de Israel (1948) reivindicado por el sionismo (nacionalismo judío) fue presentado como una reparación ante las monstruosidades realizadas por los nazis, así como una solución política a la desgraciada historia judía a lo largo de los siglos (pogromos, discriminaciones, etc.). Se trata de una causa que ha sido vista normalmente con simpatía en Occidente, aunque, naturalmente, no en los países árabes. Había, sin embargo, un motivo histórico menos presentable y menos explícito en el sionismo internacional: deshacerse de buena parte de los judíos que vivían en el Reino Unido y otros estados.
Antes de la fundación del estado, una consigna muy repetida por el sionismo era “Una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra”. El problema, sin embargo, era que en el territorio del mandato británico de Palestina habitaban aproximadamente 1.450.000 árabes. Y aquí comenzaron los problemas, que no han hecho sino agrandarse con el tiempo. Después de varias guerras y unaIntifada, los Acuerdos de Paz de Oslo (1993) despertaron esperanzas a partir de la perspectiva de “paz por territorios” y el establecimiento de la solución de los “dos estados” impulsada por las instituciones internacionales. Sin embargo, el nacionalismo israelí giró casi inmediatamente hacia postulados contrarios (así lo promovieron los autores del informe norteamericano Clean break, presentado en 1996 a Benjamin Netanyahu). Un giro en el que aún estamos: no aceptar de ninguna manera la existencia de un estado palestino y construir el Gran Israel, que incluye toda Palestina (Cisjordania, Gaza, Jerusalén), así como partes del Líbano y Siria.
Hoy parece lógico preguntarse si establecer el Estado de Israel en medio de sociedades árabes, persas y turcas fue una idea muy acertada. Desde los gobiernos israelíes recientes se han impulsado dos vías de legitimación política. Por un lado, la palabra clave ha sido seguridad, interpretada cada vez más en términos bélicos: viene a significar que “hay que destruir a los enemigos antes de que ellos nos destruyan a nosotros”. Por otro lado, se ha ido introduciendo una línea religiosa fundamentalista, especialmente después de la guerra de 1967, que justifica las acciones bélicas en nombre de supuestos mandatos del Antiguo Testamento (el libro de mitos de la religión judía) de ocupar las tierras de Palestina (es fácil encontrar referencias bíblicas en este sentido). Y ya se sabe que cuando se hacen intervenir a los dioses en los asuntos políticos no se puede esperar casi nada bueno de ello.Quizás valga la pena repasar algunos conocimientos históricos sobre el proyecto sionista, ya que algunos aspectos resultan un poco sorprendentes hoy en día. Destacamos dos.En primer lugar, la idea del sionismo no surge inicialmente de los judíos, sino de cristianos evangélicos, especialmente en Gran Bretaña, en las primeras décadas del siglo XIX (John Nelson Darby, un predicador que creía que la invención del telégrafo era el principio del fin del mundo). Se basa en una lectura de ciertos libros de la Biblia (especialmente elApocalipsis, que parece que fue escrito a finales del siglo I d.C., en la época del emperador romano Domiciano). La idea central es que la colectividad judía debería disponer de una unidad política propia en Palestina, ya que “la segunda venida de Jesucristo” acontecería cuando los judíos controlaran lo que llaman “Tierra Santa”. La historiografía muestra cómo detrás de este sionismo cristiano se encontraba el objetivo mencionado de echar a los judíos de Gran Bretaña, que continuaba presente en 1948. Un sionismo cristiano antisemita.
En segundo lugar, el sionismo propiamente judío, teorizado por Theodor Herzl en El estado judío (1896), fue inicialmente de carácter laico más que religioso. Fue un movimiento minoritario en las colectividades judías del mundo y desaconsejado por la mayoría de rabinos. Herzl menciona diversos lugares donde constituir el nuevo estado: la Argentina, Palestina, una parte de la actual Kenia... Por otra parte, el mismo Herzl ya entendía que los principales aliados del proyecto sionista serían los antisemitas de los diversos estados donde residían los judíos, interesados, como decíamos, en forajirlos de sus países. La religión y el nacionalismo han sido dos grandes La religión y el nacionalismo han sido dos grandes cimientos políticos legitimadores de la cohesión de las colectividades políticas. Cuando actúan juntos casi no dejan espacio para perspectivas más laicas y universalistas, incluida la de los derechos humanos. Cuando algún dios se casa con alguna nación, el dogmatismo intolerante está servido. La historia de la humanidad y de las religiones está llena de ejemplos. Creo que nunca valoraremos lo suficiente la tarea del liberalismo político de separar los poderes político y religiosos, así como la sabiduría práctica de domesticar a los dioses, sean los que sean, vengan de donde vengan y se llamen como se llamen.