¿Qué hijos dejaremos en nuestro mundo?
Muchos de mi generación nos sentimos interpelados por la pregunta “¿Qué mundo dejaremos a nuestros hijos?”. Forjados, desde Río 92, en los primeros acuerdos internacionales sobre emisiones de CO₂, hemos trabajado para hacer compatible el desarrollo dentro de la dinámica de los ecosistemas. La pregunta hoy es “¿Qué hijos dejaremos a nuestro mundo?”. ¿Qué valores tiene la sociedad que discute sobre la transición energética? ¿Asumimos responsabilidades colectivas y generacionales, con rigor, resolviendo las contradicciones? En el mundo de la IA, ¿sabremos preservar las capacidades de análisis de cuestiones complejas, de relacionar conocimiento científico, técnico y humanista para responder a los retos que afrontaremos?
He vivido de cerca cuestiones que han sacudido el panorama energético europeo. A partir de mi experiencia desde el Consejo de Reguladores de la Unión Europea (ACER), he entendido una dimensión de la cuestión que merece atención y reflexión.
Del conflicto de Ucrania he visto la importancia de estar integrados en un sistema eléctrico único a escala europea y la importancia de tener una red muy bien diseñada, redundante y digitalizada.
Sobre los precios de la energía, cuando eran extraordinariamente altos, he aprendido que la intervención pública –aunque necesaria– debe diseñarse muy bien para que sea efectiva atendiendo al alto nivel de dependencia de terceros países que nos suministran el recurso primario.
Del sabotaje de los gasoductos Nord Stream, que dejó en riesgo real de desabastecimiento de gas a Alemania, he visto que para mantener el orden social y económico y restablecer los flujos de energía se hace cualquier cosa a cualquier precio y a cualquier coste ambiental.
Del apagón de abril de 2025 extraigo el aprendizaje de que la realidad técnica del sistema eléctrico es cada vez más compleja, sobre todo cuando avanzan las renovables sin que acompañe un incremento de la demanda y de la flexibilidad. Por este motivo no se pueden ignorar las restricciones técnicas cuando se planifica.
Son cuatro lecciones aprendidas que resultan útiles a la hora de analizar el Plan Territorial Sectorial de Energías Renovables de Cataluña (Plater): 1. La seguridad depende de la infraestructura energética, especialmente de las tecnologías de generación y del diseño de las redes eléctricas internas y de las interconexiones; 2. Para poder tener precios asequibles hay que reducir la dependencia de terceros países; 3. Ante problemas de suministro se tomará cualquier medida para restablecerlo, porque es la máxima prioridad; 4. Transformar el modelo eléctrico desde tecnologías fósiles hasta renovables tiene unas restricciones técnicas que hay que conocer y respetar.
Las energías renovables no son una finalidad en sí mismas. Son un medio, la herramienta mejor y más viable que hoy tenemos en Europa y en Cataluña para garantizar la seguridad de suministro que hace funcionar nuestra sociedad a un precio adecuado reduciendo emisiones. Ante estos objetivos, no hay ningún peroque valga.
Es una obligación y una responsabilidad de toda sociedad y de todo gobierno planificar las infraestructuras energéticas de manera ordenada, consistente, con sentido técnico y económico.
Es desde esta perspectiva que debemos analizar críticamente el Plater, reconociéndole la valentía de encarar un debate siempre incómodo por las contradicciones que nos hace afrontar. Y sabiendo que el escenario alternativo a la planificación es el desorden y la ineficiencia que lastrará a nuestro país.
Con muchos de los conflictos particulares que genera el actual Plater podría empatizar. Es lícito y necesario que cada uno haga su análisis desde sus criterios y experiencia. Igualmente, es exigible un proceso de toma de decisiones ejecutivo que considere las alegaciones más rigurosas y plausibles (deseo que sean una mayoría) para tener el plan aprobado a más tardar en verano de 2027. Si no es así, habremos fracasado como sociedad en este reto.
La resolución del Plater (de fondo y de forma) es una oportunidad para recuperar autoestima como sociedad y empuje. Y para que las nuevas generaciones entiendan que ser corresponsables de los impactos que generamos es una obligación. Que la fraternidad con otros territorios y generaciones futuras debe estar por encima del interés particular, del dogma acientífico y de la demagogia. Que la viabilidad de la sociedad que conocemos en términos de seguridad y estabilidad económica pasa por una transformación sustancial y ordenada del territorio de la mano de los recursos energéticos autóctonos con máxima simbiosis con el entorno. Que las contradicciones se afrontan y se resuelven con debate honesto, método y contrapesos. Que se debe ser ejecutivo y que quien tiene la responsabilidad debe tomar decisiones. Que todos le debemos lealtad si hemos participado conociendo las reglas del juego. Por respeto a nosotros y a los conciudadanos de hoy y de mañana.
Tanto de bueno sepamos aprovechar el debate del Plater para forjar una sociedad más madura, orgullosa de los hijos que deja en el mundo –y en el país–, porque de los valores que se consolidan en momentos como este surgirá la capacidad de resolver los retos futuros que vendrán.