Un teléfono móvil recibiendo la notificación del simulacro de emergencia.
16/09/2026 - 18:02 h.
Sociólogo
3 min

El último ES-Alert de Protección Civil enviado por la previsión de unas lluvias intensas en cinco comarcas provocó una cierta polémica porque finalmente cayeron cuatro gotas. Las críticas se centraron en el error de previsión porque el agua acabó cayendo al mar. Y sobre todo se discutieron los excesos en las restricciones impuestas a la población, tales como la suspensión de clases en las escuelas y universidades o de buena parte de la actividad hospitalaria.

Una semana después, sin embargo, creo que es pertinente levantar la vista y mirar un poco más allá del fiasco de la previsión meteorológica y de las precauciones finalmente —solo finalmente— excesivas. De hecho, una previsión es esto: un supuesto sobre un fenómeno incierto. Y las limitaciones en la actividad ordinaria impuestas por Protección Civil deben entenderse como resultado de una administración escarmentada por experiencias anteriores y muy presionada por una opinión pública que cada vez tolera menos los imprevistos y exige ser protegida hasta extremos que acaban, como veremos, en riesgos superiores.

Qué se puede decir, pues, del aviso de ES-Alert de la semana pasada, convertido en agua de borrajas? En primer lugar, que si se repiten demasiado los avisos de alerta, dejarán de ser efectivos. Podríamos hablar del efecto “que viene el lobo”. Si por un exceso de prudencia los ES-Alert responden a poca cosa o nada, podría ser que cuando fuera de verdad ya no se les hiciera caso. En una sociedad madura y bien informada, debería haber suficiente con las alertas sobre el nivel de riesgos de 1 a 6, el Procicat, el Infocat, los Inuncat, Neucat, Ventcat... Del ES-Alert se debería hacer un uso lo más restringido posible para evitar que aquel sonido tan irritante que nos llega al móvil no se acabara haciendo antipático o, peor, se banalizara.

Pero esto tiene una derivada más relevante: pone en evidencia una sociedad cada vez menos tolerante con la incertidumbre. La búsqueda de seguridad es más que razonable, sí, pero hay que ver qué consideramos que depende de nuestra propia responsabilidad o qué esperamos que se nos garantice desde fuera. Esta es una cuestión que afecta profundamente la manera de entender la vida social y a nosotros mismos. ¿La seguridad en la calle debe recaer solo en la actuación policial y la videovigilancia, o conviene que actuemos con prudencia? ¿La educación de los hijos solo es responsabilidad del sistema educativo, o tienen algo que ver los mismos alumnos y padres? ¿Nuestra salud alimentaria la deben garantizar las regulaciones sanitarias, o debe apoyarse en un criterio personal bien informado? ¿Que el espacio público esté ordenado solo depende de los servicios de limpieza, o de si hacemos un buen uso de los contenedores y, si es necesario, de barrer delante de casa? ¿Y de quién es responsabilidad que los patinetes eléctricos circulen por donde es preceptivo a fin de evitar accidentes? Un análisis cuidadoso del grado de desresponsabilización individual no solo nos diría quiénes somos —y en qué nos hemos convertido—, sino que en lugar de solo apelar obsesivamente a los derechos que se nos deben garantizar, ayudaría a poner el acento en los deberes a los que nos debemos aplicar.

Finalmente, la progresiva desresponsabilización individual significa que cada día dejamos entrar al estado y a su maquinaria burocrática e ideológica dentro de casa y hasta el fondo de nuestras entrañas. En un artículo anterior ya dije que se me hacía extraño que en el malestar educativo se obviase la responsabilidad de las familias, por ejemplo. Y, más allá de las estrecheces presupuestarias y el colapso correspondiente, es bien conocido el abuso de los servicios sanitarios de urgencias. ¿Y no es exagerada la carga en las calles de señales obligatorias y de advertencias para, dicen, “pacificarlas”?

Cada vez más, la administración pone en marcha costosísimas campañas —de una eficacia no medida— haciéndose tutora tanto de nuestros comportamientos como a menudo de nuestro pensamiento y emociones. Nos explica, como si fuéramos criaturas, qué debe tener un kit de emergencias por si nos quedamos a oscuras. O nos angustia por los accidentes de tráfico de terceras personas... Si alguien cree que esta sobreprotección que exigimos y nos proporciona el estado es inocua, va muy equivocado. Primero, porque a medida que nos hacemos dependientes de la administración del estado, vamos perdiendo autonomía personal. Segundo, porque paradójicamente, cuanto más dependemos de la protección del estado, más vulnerables nos sentimos, en una espiral de insatisfacción que no tiene final. Y finalmente, porque esta hipotética sobreprotección nos vuelve permanentemente quejosos y acaba diluyendo un verdadero compromiso cívico.

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