¿Por qué los hombres llevan camisas hawaianas en verano?

La mayoría de hombres de mediana edad recurren, durante el año, a un abanico muy reducido entre todas las posibilidades que ofrece la moda. Ante las infinitas posibilidades que brinda, acostumbran a decantarse por piezas discretas, tonos neutros, conjuntos predecibles y siluetas sin estridencias. Pero el verano altera provisionalmente este orden establecido. El clima, las vacaciones y la sensación de encontrarse fuera de la rutina abren una pequeña rendija en esta monotonía. Y es precisamente por esta rendija por donde se cuela una pieza tan inesperada como reveladora: la camisa hawaiana.Cuando vemos esta camisa, con estampados florales y el nombre con que ha sido bautizada, rápidamente suponemos que representa la esencia de este archipiélago del Pacífico y el pasado cultural de la Polinesia. Pero la realidad es bien diferente. Lejos de remitir a los ancestros, estas camisas nacieron en los años treinta del siglo XX, cuando Hawái llevaba décadas habiendo perdido su independencia y vivía bajo dominio norteamericano. Convertidas en una economía de plantación, las islas atrajeron sucesivas olas migratorias, especialmente procedentes de China y de Japón, gracias a las cuales también llegaron tejidos, técnicas artesanales y maneras de vestir. En este contexto, el sastre japonés Koichiro Miyamoto comenzó a confeccionarlas en 1935 bajo el nombre de Aloha Shirts.Los primeros fabricantes recurrieron a los materiales que tenían a mano: rollos de tela japoneses destinados originalmente a confeccionar kimonos. Por eso, los primeros estampados mostraban plantas de bambú, abanicos, flores de cerezo, olas o grullas (tsuru), motivos propios de la iconografía japonesa. Tejidos asiáticos pero sobre una pieza con la morfología de la camisa deportiva norteamericana. La camisa hawaiana no era, pues, la expresión de una cultura intacta, sino el producto de una sociedad colonial en la que patrones americanos, telas japonesas y manos asiáticas habían acabado cosiendo una identidad nueva. Una vez más, la historia demostraba que la pureza cultural se parece mucho más a una ficción que a una realidad.A finales de los años treinta, Hawái ya era un destino turístico para los norteamericanos, un fenómeno que después de la Segunda Guerra Mundial se intensificó con la popularización de la aviación comercial. Y, con el turismo, la camisa también se tropicalizó: las grullas dejaron paso a los hibiscos, a los surfistas y a los ukeleles. El toque de gracia, sin embargo, lo dio Hollywood, cuando inventó un Hawái consumiblemente idílico. Elvis Presley, con Blue Hawaii (1961), acabó de estereotiparlo como un mito cultural de playas paradisíacas, surf, mujeres bailando hula y collares florales. También contribuyó el regreso de los miles de soldados destinados a las islas, que traían fotografías, ukeleles y camisas.Y si caímos rendidos con el sonido cálido de las steel guitars de Elvis, el detective privado Magnum acabó de rematar la faena. ¿Qué hombre no quiso vestir una camisa hawaiana si eso quería decir vivir, aunque fuera por unos días, la vida despreocupada y eternamente veraniega de Thomas Magnum: vivir en una mansión frente al mar, derrapar con un Ferrari rojo y la promesa de que la felicidad se podía vestir con un estampado de flores?

Lo que está claro es que las camisas hawaianas, que hoy encontramos en la sección masculina de cualquier marca, tienen poco que ver con la cultura de estas islas. Más bien hablan de la ficción estereotipada que hemos construido y que, sin duda, es la que esperamos encontrar cuando viajamos allí. Así pues, hemos normalizado que en la Rambla de Barcelona se vendan sombreros mexicanos —para no decepcionar a los que no acaban de tener claras las nociones más básicas de geografía— y que en Hawái adquiramos como elemento «típico» unas camisas de ascendencia asiática. Al fin y al cabo, hace tiempo que el souvenir dejó de explicar la historia de un lugar para explicar el imaginario estereotipado y fácilmente consumible que hemos necesitado construir.