Trump en su salsa: “Solo los líderes realmente relevantes, los que más impacto tienen, son contra quienes van”. Trump sabe que las violencias se alimentan entre ellas y busca capitalizar ataques como el de la cena de corresponsales en la Casa Blanca. Una acción criminal de un pobre hombre, Cole Thomas Allen, que ha forjado sus delirios en un país con máxima tolerancia en el uso de las armas.
Dice Mariana Mazzucato que “losaños de la hegemonía de los Estados Unidos han terminado; estamos viendo el final del Imperio Romano”, con “un gobierno disfuncional que hace daño a su gente”. No sé si hace falta tanta grandilocuencia, pero, en todo caso, es evidente que la reputación de los Estados Unidos está a la baja y su influencia, también. No es casualidad que todo esto coincida con el mandato de quien es, probablemente, el más irresponsable de los presidentes de su historia. Trump tiene, en su expediente, haber llevado la agresividad verbal a su máxima expresión y haberse convertido en icono del “todo está permitido a quien manda”, es decir, a él y a los que le acompañaron, con dinero e influencia, hasta donde está como representante suyo. La violencia ha estado siempre presente en la vida y en la política americanas: cuatro presidentes asesinados no son un accidente. La violencia se transmite por una cultura en la que las armas al alcance de todos ponen en evidencia la fragilidad de una sociedad muy diversa. Parece que matar no es tabú. Y probablemente tiene razón Mazzucato cuando dice que la incertidumbre no es un eufemismo, sino “una incertidumbre fabricada” por parte de determinados poderes para permitir la impunidad.
En cualquier caso, la matanza frustrada del presunto lobo solitario Cole Thomas Allen llega en un momento complicado para Trump. Atrapado en la guerra de Irán, el presidente acumula frustraciones, incapaz de desbloquear la situación y poniendo en evidencia que la vanidad y la razón, la ausencia de conciencia de los límites y la cruda realidad son a menudo incompatibles. Ahora mismo, la impotencia de los Estados Unidos en la zona es patética y muestra el alejamiento respecto de la realidad del presidente con las fabulaciones que se construyen a su alrededor en la época de la guerra de los drones. Como dice Jean-Philippe Rémy: a excepción de Hiroshima y Nagasaki, “ningún bombardeo ha forzado a un régimen a abandonar el combate. Ninguna guerra ha sido ganada desde el cielo”. Arrastrado por Netanyahu —cuyos objetivos, mucho más concretos, no son forzosamente los mismos que los del presidente de los EE. UU.—, Trump ha dado oportunidad al régimen totalitario iraní de exhibir poder y resistencia, sin que se dibuje una salida a una situación en la que Israel juega sus cartas y tiene atrapados a los americanos. Como dice el canciller alemán, Friedrich Merz, los Estados Unidos están siendo “humillados” en la guerra.
El terrorista solitario de Washington ha desplazado la atención por unos momentos, pero da poco de sí políticamente, más allá de confirmar que la violencia está arraigada en los usos y maneras de la sociedad americana, y que Trump contribuye poderosamente haciendo de la amenaza su manera de estar en el mundo. Los violentos se retroalimentan. Aún más con un presidente educado en la intolerancia y la autocomplacencia que cree que todo se resuelve imponiéndose por la fuerza y que, de momento, lo que está consiguiendo es desmantelar los equilibrios de la sociedad americana con un ejercicio piramidal del poder que menosprecia el legislativo y que busca la complicidad —es decir, la corrupción— del judicial, que demasiado a menudo le ríe las gracias.
Afortunadamente fallido, el intento de atentado de Washington —que no iba solo contra Trump, por mucho que su vanidad lo reclame, sino que quería ser masivo—, enésima advertencia a la seguridad americana, será rápidamente página pasada. Pero esto no impide que sea imperativo el debate sobre una presidencia que ha hecho de la violencia su modo de estar en el mundo, a partir de la negación de la división de poderes y de la concepción del jefe de estado como un personaje sin límites a quien todo le está permitido. Y cuesta de entender, salvo que lo que busquen sea la inanidad del estado, que determinados poderes tecnológicos y financieros se amparen en él, lo hagan abiertamente suyo. Hoy, Trump es un icono del oro (falso) y la insolencia.