La idea de Rufián
Se puede tener la opinión que se quiera de Gabriel Rufián y de su personaje público, pero la idea en la que insiste últimamente (la configuración de un frente de izquierdas que pueda concurrir a las elecciones generales como una sola fuerza unitaria para enfrentarse a la extrema derecha) se sostiene en un par de constataciones que habrá tenido ocasión de hacer en su peri.
Primera constatación: los mensajes de odio que emiten la derecha y la ultraderecha nacionalistas no son simples bravatas, ni cebos para conseguir audiencia y votos. Son mensajes de odio real, que tienen penetración e influencia, tanto entre ciertas élites de poder como entre amplias capas de la población, y que, por tanto, son susceptibles de tener traducción en acciones políticas y sociales también reales en un futuro no muy lejano. No ladran sólo para armar bronca: ladran con convicción. El odio no es sólo retórico: es verdadero.
La segunda constatación es que este odio va dirigido contra todos aquellos que la derecha y la ultraderecha perciben como contrarios a su visión del mundo (o al menos de España). ¿Quiénes son estos contrarios? Un gentío: inmigrantes, feministas, catalanes independentistas, vascos independentistas, oenegés, activistas propalestinos, científicos del cambio climático, médicos epidemiólogos, mallorquines, menorquines, ibicencos y valencianos que hablan catalán, ecologistas, transexuales, entidades LGTBIQ+, pacif de izquierdas, gente de la farándula, maestros y profesores de la enseñanza pública en particular, defensores de los servicios públicos en general. Los enumero de forma desordenada porque el odio de estas derechas hacia todos estos grupos de personas también es desordenado. Desde su punto de vista, todos forman parte (formamos parte, usted y yo también) del woke, una forma particularmente perversa de pensamiento único que, siempre según la derecha, secuestra –mediante el adoctrinamiento y una sibilina combinación de consignas, mentiras y medias verdades– las mentes de las personas y su libertad individual. El woke destruye Occidente, el woke destruye a España. En consecuencia, el woke merece ser detenido, derrotado, aplastado, porque es una dictadura.
Salvando distancias, no estamos lejos de las acusaciones y la crispación que las derechas y las ultraderechas nacionalistas atizaban contra el gobierno de la República, justo antes de la Guerra Civil. El entorno global les favorece, acompaña y proporciona modelos a imitar: entre los actuales salvadores de España abundan los admiradores de EEUU de Trump y de las ejecuciones de activistas en plena calle por parte del ICE. Por terroristas, dicen después. ¿La forma de enfrentarse a todo esto es un frente de izquierdas, como dice Rufián? No se sabe, porque nunca se ha hecho, pero es evidente que sería una forma de reunir fuerzas. Otra cosa sería coordinar y dirigir estas fuerzas, cuando muchos de los odiados se detestan entre ellos, cuando cada uno quiere aparecer como el más odiado y perseguido, y cuando todo el mundo prefiere ser cabeza de arenque que cola de pagell.