¿Es inevitable un gobierno de las derechas en España?

Congreso diputados
31/05/2026
Socióloga
3 min

Hay momentos históricos en que determinadas tendencias políticas parecen imponerse sin tregua posible, como si las llevara una ventolera. Hace pocos años, la subida de la extrema derecha era impensable; es cierto que los desastres del siglo XX ya quedan lejos para las nuevas generaciones, pero hemos visto suficientes películas y se ha hablado tanto de la locura hitleriana y de la dictadura que largamente nos oprimió que parecía imposible que aún alguien pudiera creer que aquellas consignas eran deseables y podrían mejorar la vida colectiva. Y, con todo, hemos visto cómo la ola se iba extendiendo por Europa, cómo ha devorado los Estados Unidos, cómo sube entre nosotros, quizás hasta sumergirnos también. Tenemos muchas explicaciones de por qué ha sucedido esto. La más fácil y banal es la que lo atribuye a los errores de los partidos de izquierdas, a los escándalos de corrupción, a las peleas internas. Todo esto está, ciertamente, pero son cuestiones menores si las comparamos con todo aquello que las izquierdas han conseguido desde la Transición: la gratuidad de los sistemas sanitarios y de la educación, las pensiones, la redistribución de la renta mediante la acción política. Todo lo que está en riesgo cuando llega la extrema derecha; esta, apoyada inicialmente en propuestas populistas, cambia siempre cuando ya ha conseguido el poder, con un golpe de estado si hace falta, si ve amenazado su dominio. Y entonces se ha acabado la fiesta, es la represión la que se instala, y, desgraciadamente, a veces por muchos años. ¿Es inevitable que en España el próximo gobierno sea PP+Vox, una combinación que puede ser terrible, y que de nuevo convertirá a Cataluña en el enemigo predilecto, junto con la inmigración? ¿Pueden hacer algo los partidos de izquierdas para evitarlo? Creo que, en este momento, esta es una pregunta clave: no sé si estamos a tiempo de evitar el desastre, pero, como mínimo, habría que intentarlo.

En este período, a los partidos de izquierdas les falta épica, por decirlo así. Se les han acabado los proyectos ilusionantes, aquellos que proponen a la ciudadanía alcanzar un nuevo hito, ya sea en términos de bienestar o en términos de libertades. En el pasado han conseguido ambas cosas: el estado del bienestar es básicamente fruto de sus políticas. Pero llegó un momento en que ya no podían ampliarlo: la globalización forzó el dominio de unas multinacionales que son las que imponen los precios y las condiciones y las que acumulan riqueza. Pasando por encima de los estados, con amenazas de descentralización y retirada de capitales si se les proponen normas que no les gustan. La izquierda se centró entonces en las libertades, sobre todo de carácter sexual. Y ha hecho grandes cosas, como normalizar las parejas de hecho y la homosexualidad, por ejemplo. Pero ahora este camino se ha acabado; ir más lejos ya presenta mucho riesgo: cuando hay propuestas de pequeños grupos de presión sobre una posible despenalización de la pedofilia en nombre de la libertad de las criaturas, creo que la mayoría de la población está de acuerdo en pensar que nos hemos pasado de la raya. Ampliar las libertades individuales ya no puede ser el objetivo central de las izquierdas. Las sociedades necesitan normas para poder convivir, porque sin ellas, quienes sufren son los más débiles, y esta forma de libertad es precisamente la que está predicando la derecha: si puedo, lo hago, y que nadie pueda impedírmelo. Es decir, como siempre, la ley del más fuerte. ¿Dónde podemos encontrar, pues, el impulso alentador para un nuevo empuje, para rehuir el retroceso material y ético que puede llevar un gobierno guiado por la extrema derecha? El miedo no es suficiente, lo vemos en todas partes. La administración de las cosas tampoco basta. Hay que configurar un nuevo modelo de vida, ¿pero cuál? ¿Más ganancia, más dinero, más destrucción de la naturaleza? Hemos llegado a un límite, y lo sabemos: en este momento, cuanto más negocio, más crecen la desigualdad y la destrucción del planeta. Debemos intentar una forma de vida no basada en el consumo como solución de todo: una forma más pausada, más igualitaria, con más cohesión social. Una forma de vida en la que los objetivos no sean la ganancia y la competición, sino el cuidado de la vida, de las personas, de la naturaleza, de los afectos, de todo aquello que da sentido al esfuerzo cotidiano. Una manera de vivir que nos permita participar en la mejora de nuestra ciudad, de nuestro entorno, en la que podamos sentirnos parte de un pueblo y una cultura. Intentadlo al menos, partidos de izquierdas. Dejad los egos y las rencillas, que esto va en serio, y somos muchos y muchas los que queremos seguir construyendo y fortaleciendo la democracia.

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