Invertid en sanidad pública, no la privaticéis
En 2013, mi padre, que tenía cáncer de páncreas, insistió en abandonar el Memorial Sloan Kettering, el prestigioso hospital oncológico de Nueva York, para volver a París a tratarse. Había nacido allí y quería volver para pasar el verano, como siempre había hecho. Aunque me daba mucho miedo que estuviera tan lejos de Nueva York y de casa, lo acompañé y descubrí todos los ámbitos en los que la sanidad pública francesa supera a la de Estados Unidos.
Este verano he vuelto a aprender la lección. En febrero, mi marido se sometió a una intervención en el hospital Mount Sinai de Nueva York y volvió a casa sangrando y con dolor. De inmediato le salió una erupción alarmante, que se le inflamó. Durante semanas enviamos mensajes a los médicos para avisarles de lo que pasaba, pero, al parecer, ninguno se lo tomaba tan en serio como nosotros. El médico que lo atendió primero nos dijo que no era su ámbito y nos derivó a un especialista. Nuestro especialista nos derivó a otro especialista y a un dermatólogo. El médico de cabecera nos dijo que probáramos una crema que se suele utilizar para la dermatitis del pañal. Durante un período de tres meses, el especialista de mi marido nos derivó a dos dermatólogos y dos expertos más, y después probó con cuatro tandas de antibióticos y un PET-TAC. Le hicieron pruebas para el cáncer (negativas) y entonces se dieron cuenta de que mi marido había desarrollado una anemia, por lo que un hematólogo nuevo le administró inyecciones en la médula ósea. Raramente le hacían un reconocimiento. Sobre todo le hacían preguntas e introducían las respuestas en un ordenador.
Coordinar todo esto durante una primavera muy ajetreada profesionalmente fue muy duro. Calculé que pasaba como mínimo diez horas a la semana programando las atenciones que necesitaba mi marido y acompañándolo a las visitas médicas. Cada martes íbamos a un médico en Union Square y a otro en la calle 60, y después cogíamos un taxi hasta la universidad para impartir nuestras respectivas clases. Cancelamos casi todos los viajes de trabajo para visitar a un médico tras otro con la esperanza de recibir un remedio para su mal.
Sin embargo, se acercaba un viaje largo, y mi marido seguía encontrándose mal. Antes de coger el vuelo, fuimos a ver a dos de nuestros médicos de Nueva York, que le concedieron el visto bueno para viajar; le echaron un último vistazo y nos dijeron: “Quizás se le cure solo”.
Yo era escéptica, pero no sabía muy bien qué más podía hacer. Así pues, por si acaso, hice una lista de médicos a quienes llamar si hacía falta. Busqué el mejor hospital cerca del lugar donde estaríamos en España y le pedí a un enfermero que conocía que le hiciera un reconocimiento tan pronto como llegáramos. Pensamos que quizás, con el viaje y la opinión de unos médicos nuevos, las cosas cambiarían. ¡Y vaya si cambiaron!
Nada más llegar a Cataluña, la hinchazón empeoró. Llamamos al enfermero, que se lo miró e inmediatamente nos dijo que fuéramos a urgencias del Hospital Josep Trueta de Girona. También consultamos a un médico de Girona, que dijo lo mismo. En otras palabras, la asistencia sanitaria española funcionaba a todos los niveles.
Al llegar a la puerta de urgencias del Trueta nos atendieron muy bien. Leyeron detenidamente los informes médicos que traíamos de Nueva York, nos hicieron preguntas detalladas y elaboraron un historial clínico de todo lo que había pasado. Enseguida nos dijeron que mi marido tenía una infección grave, le hicieron un TAC, encontraron indicios claros del problema (no tengo ni idea de por qué a los médicos de Nueva York se les pasaron por alto estos indicios en su TAC) y lo ingresaron inmediatamente. En un momento determinado, el médico dijo: “Ya sé quién es usted —mi marido es Joseph Stiglitz, premio Nobel de economía—, pero aquí tratamos igual a todo el mundo”. Le administraron un potente antibiótico por vía intravenosa y luego vinieron a trabajar un domingo para operarlo y drenar las acumulaciones de líquido. Creo que le salvaron la vida.
Como dijo mi marido: “Son las sorpresas de la vida. Te piensas que en Nueva York tienes los mejores médicos y luego llegas a un hospital regional de España y es aquí donde me dan atención médica”.
Estuvo ingresado 18 días, con un personal de enfermería de gran calidad y con unas atenciones y amabilidad difíciles de creer. Viniendo de Nueva York, era impactante. Nuestros amigos norteamericanos se maravillaban cuando les explicábamos cómo colaboraban y se coordinaban los médicos del Trueta. Vinieron a visitarnos y ellos mismos comprobaron la humanidad de la que daban muestras las enfermeras.
Una tarde calurosa, estaba sentada en una silla con los ojos cerrados, agotada por toda la ansiedad y el drama de las semanas anteriores. Una enfermera me vio descansando, bajó las persianas, me ofreció un zumo y me dijo: “Cuídese. Yo también tengo que cuidar a mi padre. Es agotador”.
“El hospital de Girona te ha malacostumbrado. Quédate aquí”, me dijo una amiga y colega de la universidad que vino de Nueva York a visitarnos. En Nueva York había tenido que esperar tres horas para una visita de 10 minutos para la revisión del glaucoma de su madre, de 93 años.
Estoy segura de que en España también hay errores médicos y diagnósticos equivocados. Pero, en general, las características de nuestra experiencia en Girona han sido muy diferentes de la vivida en nuestro país. En Nueva York tenemos médicos famosos que han escrito libros de texto que se usan en las facultades de medicina, pero ya no miran ni escuchan a los pacientes. Están demasiado ocupados rellenando formularios en línea, descartando posibles enfermedades y pidiendo pruebas de imagen.
Nos acostumbramos tanto al Trueta que me preocupaba lo que pasaría cuando nos dieran el alta y no sabía qué tipo de atención médica recibiríamos. Ha sido muy interesante descubrir el sistema de atención primaria de Cataluña y cómo funciona la atención ambulatoria después de un ingreso hospitalario. Los hospitales de Estados Unidos procuran dar de alta a los pacientes tan pronto como pueden, en parte por motivos de salud, pero sobre todo para ahorrar dinero. Mientras sufría por saber a dónde iríamos y por la fecha en que darían de alta a mi marido, he aquí que el cirujano me dejó admirada cuando nos dijo, orgulloso: “Somos un hospital público, no los dejaremos en la calle”.
Al pasar tanto tiempo en Girona he acabado enamorándome de ella. Hace unos cuarenta años escribí un artículo sobre el Call, y ha sido fantástico volver a explorar la ciudad. He tenido muchas conversaciones con taxistas, recepcionistas de hotel y otras personas sobre la terrible escasez de viviendas y los cambios que ha sufrido la ciudad. Pero enseguida me di cuenta de una cosa: la cantidad de gente que tiene un gran concepto del Hospital Josep Trueta. Me decían, sin excepción: “El edificio es antiguo pero es un hospital maravilloso”. Escuché muchas historias sobre gente que había nacido allí o que había recibido tratamiento. Por la tarde, momento en que los pacientes empezaban a caminar poco a poco por los pasillos, hablábamos y siempre, sin excepción, se mostraban muy satisfechos de estar ingresados en el Trueta.
En Estados Unidos, lo primero que te encuentras cuando buscas atención médica es una conversación con el departamento de facturación. Los que no tienen seguro (o incluso los que sí lo tienen) no van al hospital, ni siquiera llaman a una ambulancia, por la probabilidad de recibir una factura del hospital por cientos de miles de dólares. En efecto, la deuda por gastos médicos es la principal causa de quiebra entre los ciudadanos norteamericanos. Hace poco he adquirido la nacionalidad española, pero como todavía no formamos parte del sistema sanitario europeo, lo primero que hice al llegar al hospital fue, por supuesto, sacar la tarjeta de crédito y acordar cómo pagaríamos la asistencia médica de mi marido. Me reuní personalmente con el servicio de administración para hablar de los pagos. Todo fue como la seda. Pude hablar con una persona real, enviarle un correo electrónico y recibir una respuesta. Cuando necesité el historial médico, solo tuve que subir al servicio de documentación y rellenar un formulario.
En cambio, llamar al Hospital Mount Sinai de Nueva York es vivir la experiencia del “infierno del buzón de voz”, como lo llamamos en Estados Unidos. Cuando envié un mensaje al médico de Nueva York para decirle que mi marido estaba ingresado, tardó unos cuantos días en contestar. Cuando le llamé a la consulta, me dijeron que, en caso de urgencias, la enfermera tarda 48 horas en responder. Ahora en EE. UU. hay algo que llaman “concierge medicine”. El hospital Mount Sinai cobra 15.000 dólares anuales por persona para apuntarse. Cuando intentaron venderme este servicio, me dijeron que una de las ventajas de darse de alta es que los médicos responden a las llamadas telefónicas de los pacientes. De entrada pensé que no lo había entendido bien, pero era de verdad. ¡Para recibir una llamada telefónica del médico del Mount Sinai se tiene que pagar un suplemento de 15.000 dólares anuales!
Todos estos contrastes entre el Trueta y el hospital de Nueva York me han despertado el interés por la diferencia entre nuestros sistemas. Al contrario que en España, donde la atención sanitaria es pública y se paga con impuestos, en EE. UU. tenemos un sistema privado en el que los costes están fuera de control. El gasto total (público y privado) en sanidad representa cerca del 17% del PIB en EE. UU. y alrededor del 9% en España, según datos del Banco Mundial de 2023. A pesar de que las encuestas indican que la mayoría de ciudadanos norteamericanos estarían encantados de reformar el sistema sanitario, hasta ahora ha sido imposible, y alrededor del 9% de estos ciudadanos no tienen seguro médico, una cifra que ya está creciendo, ahora que la administración Trump intenta desmantelar el popular Obamacare y otras prestaciones.
Como este otoño volveremos a Nueva York para una segunda intervención, hemos enseñado los historiales clínicos del Trueta a médicos que trabajan en algunos de los mejores hospitales. Han quedado impresionados. Uno de ellos nos dijo que no habríamos recibido nunca una atención tan buena en un hospital regional de EE. UU.
Así pues, queremos dar las gracias a la sanidad pública española y pediros que la cuidéis mucho. Invertid en sanidad pública, no la privaticéis. No sabes lo que tienes hasta que lo pierdes.