Irán y el arrastre estratégico de los Estados Unidos con Israel

Las motivaciones que podrían sostener una negociación entre los Estados Unidos, Israel y el Irán se ven bloqueadas por una dinámica estructural profundamente asimétrica: Israel actúa desde un odio existencial hacia el Irán, mientras que los Estados Unidos no tienen visión estratégica y se dejan arrastrar por su aliado sin definir sus propios objetivos. En lugar de que la comunidad internacional cree marcos que incentiven la negociación, Washington acaba legitimando los objetivos militares israelíes sin haberlos hecho suyos, cediendo su autonomía ante la urgencia emocional de Tel Aviv. La necesidad de seguridad queda subordinada a la lógica israelí de eliminación del adversario. Los Estados Unidos, sin doctrina articulada, no lideran, sino que acompañan, y se convierten en cómplice de una escalada cuyas consecuencias no han calculado con rigor. Esta ausencia de zona de acuerdo posible es en sí misma un indicador de que ninguna de las partes ha hecho la transición mental necesaria desde la lógica de la victoria militar hacia la lógica del compromiso político.

Esta dinámica deviene especialmente nítida al observar la conducta de los actores centrales. Israel opera desde una rigidez deliberada y una mentalidad de "ganar tanto sí como no", que no admite ninguna concesión ni reconoce ninguna legitimidad en el adversario iraní, combinando narcisismo estratégico, la búsqueda de control simbólico y reconocimiento como potencia dominante de Oriente Medio. Cuando una de las partes define al adversario no como un interlocutor sino como una amenaza ontológica a eliminar, la negociación pierde su sustrato básico: la reciprocidad mínima sin la cual ningún proceso de paz puede arraigar. El Irán, por su parte, sostiene una desconfianza profunda en cualquier mecanismo externo, reforzada por años de sanciones y lo que percibe como doble estándar occidental, lo que le lleva a interpretar cualquier oferta de diálogo como una trampa o como un signo de debilidad que hay que evitar. Los Estados Unidos, entrampados entre su dependencia de la agenda israelí y su incapacidad de articular una estrategia propia, responden de manera reactiva e impulsiva a cada escalada.

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Lo que revela esta guerra es la destrucción sistemática de las tres condiciones que hacen posible cualquier paz duradera. El primer eje, la terminación de la violencia como prerrequisito político, es deliberadamente evitado, ya que los actores apuestan por la escalada sostenida sin ceses del fuego creíbles; sin esta condición, cualquier esfuerzo diplomático se construye sobre un terreno que se rompe continuamente. El segundo eje, la construcción de marcos institucionales que articulen derechos y recursos para las poblaciones afectadas, brilla por su ausencia, ya que ningún actor ha presentado un proyecto político para el Irán posterior al conflicto que vaya más allá del colapso del régimen como fin en sí mismo, sin arquitectura de transición. El tercer eje, la legitimación internacional del proceso, está profundamente fracturado, ya que gran parte del Sur Global y sectores crecientes de Europa no reconocen la legitimidad de esta campaña militar, privando a los Estados Unidos e Israel del apoyo necesario para sostener cualquier resultado político de largo plazo. Sin esta legitimidad, cualquier acuerdo eventual sería políticamente frágil y estructuralmente inestable.

En definitiva, esta guerra no solo no tiene una ruta hacia la paz, sino que no tiene la intención de construirla. Los actores dominantes no han identificado sus mejores alternativas a un acuerdo negociado de manera realista, y actúan como si la victoria militar fuera alcanzable a un coste aceptable, cosa que la historia de los conflictos de Oriente Medio desmiente de manera consistente. Los Estados Unidos, arrastrados por los imperativos existenciales de Israel sin haberlos convertido en propios, asumen los costes estratégicos, morales y geopolíticos de una confrontación con un horizonte final que nadie ha sido capaz de definir con claridad. En el vacío de esta indefinición, no es la paz lo que gana terreno, sino la inercia de la guerra.