A Søren Kierkegaard el alma no le cabía en la jaula del pecho. Su espíritu huidizo soñaba con el vuelo del ganso salvaje.Leemos en su diario: “Así como el enfermo cansado de la cama delira por deshacerse de los vendajes, de la misma manera mi espíritu desea liberarse de la debilidad del cuerpo; tal como el general victorioso a quien matan su caballo exclama: «¡Dadme otra montura!», ¡oh! ¡Tanto desearía que la salud victoriosa de mi espíritu osara gritar: «¡Dadme otro caballo, dadme otro cuerpo!»” Al margen, junto a las palabras “fatiga del cuerpo”, añadió: “Este manto sudoroso y asfixiante que es el cuerpo, y la fatiga del cuerpo”.Siempre se sintió cautivado por los gansos salvajes. De un paseo juvenil en barca por el lago Soborg, recordaba especialmente que se sentaba a popa disfrutando del sonido áspero y potente del graznido de aquellas aves libres.
El 1 de abril de 1838 se levanta temprano, sale a la calle y mira al cielo: "Esta mañana –anota en su diario– he visto una decena de ocas salvajes volando a través del aire gélido". Cuando escribía se sentía a menudo como si estuviera "en la colina de Valdby observando las ocas salvajes". La admiración por el ganso salvaje la tomó prestada –al parecer– de Hölderlin, que se preguntaba en su Hiperión: "¿Estamos sujetos como siervos a la tierra que cultivamos? ¿Somos como estas aves domésticas que no osan salir del patio porque allí es donde las alimentan?"Kierkegaard es muy crítico con el conformismo ritualista de muchos cristianos, que "viven como ocas en un corral". "Cada siete días tiene lugar un desfile y el macho más elocuente se sube a lo alto de la valla y grazna sobre el milagro de las ocas, explica los hechos de los antepasados, que osaron surcar el cielo en otros tiempos, y alaba la misericordia del Creador, que dotó a las ocas de alas y de instinto para volar. Las ocas quedan profundamente conmovidas, bajan las cabezas con emoción y alaban al orador y su prédica. ¡Pero aquí se acaba todo! No mueven ni una pluma, no vuelan, y corren hacia la comida del mediodía. No alzan el vuelo porque el grano es abundante y bueno, y el corral es seguro". El oca se vuelve doméstica cuando tiene miedo de traspasar los límites del corral.Cuando las pedestres ocas de corral oyen el claqueo de las ocas salvajes que vuelan por el cielo, parecen emocionarse y "hasta cierto punto comprenden su significado". Este reclamo celeste les desvela la memoria de sus alas y comienzan a batirlas, gritan e intentan elevarse en un desorden confuso y carente de gracia. Pero sus fuerzas se agotan en un solo vuelo y vuelven, cabizbajas, al silencio. Érase una vez, un ganso salvaje vio un grupo de gansos domésticos. Aunque era otoño y aún faltaban unos días para emprender el vuelo migratorio, decidió convencerlas para que lo siguieran a tierras lejanas. Pero los gansos domésticos prefirieron su comodidad a la vida a la intemperie.
"La ley, concluye Kierkegaard, dice que una oca doméstica nunca será un oca salvaje, pero un oca salvaje siempre se puede domesticar". Por eso mismo debemos permanecer alerta.Kierkegaard observa cómo disfrutan las ocas del sabroso maíz que comen cada día. Es de tan buena calidad que a ninguna oca se le ocurre la pregunta de qué hay más allá de los límites del corral. Tienen todo lo que creen necesitar. Pero el mismo maíz que tanto las satisface ha domesticado su deseo. No alzarán el vuelo porque ya no están interesadas en responder a la pregunta "¿qué significa ser una oca?" Kierkegaard lo sabe: él es una de ellas. Mientras sueña con volar es incapaz de renunciar a las comodidades de un hogar burgués. En lugar de volar, hace turismo.Leemos en su diario (10 de julio de 1838): "Espero que en relación con el bienestar de mi vida me ocurra como a este hombre pobre que una vez leí que, harto también de su casa, decidió marcharse. Cuando había recorrido un breve trayecto, su caballo tropezó y él cayó a tierra, pero mientras se levantaba vio su casa, y la encontró tan bonita que inmediatamente montó a caballo, regresó allí y allí se quedó, en su hogar". Al mismo tiempo Kierkegaard sabe muy bien que nunca contemplará el corral con la complacencia satisfecha de las otras ocas.¿Contradictorio?Como respondería Unamuno, que aprendió danés para poder leer a Kierkegaard en su lengua: “¿Y qué? Si eres hombre, eres contradictorio en un grado o en otro; estás condenado a renegar de la realidad y a soñar en lo posible”. Le cedo las últimas palabras a Jacinto Verdaguer, que tiene las precisas:"¡Oh Dios mío, oh Dios mío, dadme unas alas, "o quitadme las ganas de volar".