La izquierda ausente
En esta época en la que el espectáculo gira sobre Trump, sus padrinos y sus epígonos, raramente se hace la pregunta: ¿y la izquierda qué? La derechización de la derecha, que se sacude impunemente las responsabilidades que exige una sociedad democrática, está generando una radicalización conservadora que desdibuja las derechas democráticas y lleva auténticos fantasmas al poder. Pero al mismo tiempo parece como si pasara desapercibida otra realidad que amenaza a la dialéctica derecha-izquierda que confía las democracias europeas: el desdibujo de las socialdemocracias, que es un clamor que nadie quiere oír. El PSOE de Sánchez es uno de los últimos resistentes, al menos en sus formas, y sin embargo su práctica está a menudo más cerca de las exigencias del liberalismo económico que de los valores de la socialdemocracia clásica. Y si miramos al resto de la izquierda, el desdibujo es cada vez más patente.
Las viejas izquierdas, las diversas decantaciones del comunismo, hace tiempo que desaparecieron. Aquí, en los años de Rajoy, emergieron grupos a la izquierda del PSOE, con liderazgos sumamente presuntuosos –el caso de Pablo Iglesias es el más canónico– que parecía que debían comerse el mundo, pero que una vez instalados entraron en el juego de los egos y la psicopatología de las pequeñas diferencias, y se fueron desdibujados. de enfrentamientos, rupturas y multiplicaciones de grupitos –cada ego el suyo– hasta condenarse a la irrelevancia. Y hace tiempo que apenas se les siente, pese a haber unos pocos instalados en el consejo de ministros. De vez en cuando merodean, pero las ilusiones y las ideas del primer momento están amortizadas, y el espacio está hecho añicos, lo que confirma la tradición grupuscular que genera la pugna entre egos pasados de tuerca.
Pero este desdibujo no es ajeno a los partidos socialdemócratas, cada vez más descoloridos, con unas políticas económicas y sociales escasamente diferenciadas de la derecha. Pedro Sánchez ha mantenido todavía algunas líneas propias, y la derecha le ha convertido en el enemigo número uno y corrupto traidor en España, y suerte tiene que la incompetencia de Feijóo y compañía le da margen para vestir un perfil diferencial. Pero el hecho es que las actuales socialdemocracias europeas están lejos de tener –y hacer efectivo– un discurso propio sobre la vivienda, sobre la inmigración, sobre el empoderamiento de un sector de las élites económicas cada vez más reducido que hace y deshace, y sobre las políticas del bienestar que las singularizaban. Esta realidad que describe Lea Ypi en Fronteras de clase tiene una consecuencia trágica: quienes capitalizan el malestar en todas partes son las extremas derechas. No es suficiente con gobernar sin agresividad y con tener buenas palabras, si la izquierda quiere sobrevivir debe articular algún proyecto suficientemente diferencial. Ser sólo la alternancia de repuesto cuando la derecha ya se ha hecho insoportable es augurio de bajón, porque en el fondo insinúa un grado elevado de impotencia. O las izquierdas encuentran el tono y oportunidades o el desplazamiento de Europa hacia las extremas derechas es imparable.