Las lecciones del desastre de Afganistán

BarcelonaLa comunidad internacional, y en especial Occidente, tiene que sacar muchas lecciones del desastre de Afganistán si no quiere repetir los mismos errores en el futuro. La principal es que si bien un país, en este caso Estados Unidos, tiene derecho a abandonar una intervención internacional si considera que ya ha cumplido o no quiere tener más bajas, esto no se puede hacer de cualquier manera, porque entonces los costes pueden ser superiores a las ganancias que se quieren buscar con la retirada.

En el caso de Afganistán hay que recordar que el origen de la retirada son las negociaciones de Donald Trump en Qatar con los talibanes de espaldas al gobierno afgano que él mismo patrocinaba. ¿Cómo se puede pasar de capturar talibanes para llevarlos a Guantánamo a negociar con ellos para entregarles el país? Las prisas de Trump para salir de aquel avispero le hicieron firmar un acuerdo a cualquier precio (incluía la liberación de 5.000 milicianos) que los talibanes interpretaron, lógicamente, como un gesto de debilidad.

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Por su parte, el presidente Biden, que ya se enfrentó a Obama como vicepresidente porque era contrario a continuar con la misión, no enmendó los errores de Trump y ha diseñado una retirada catastrófica para sus aliados afganos. El mensaje que se está lanzando al mundo es terrible: no confiéis en Occidente porque a la mínima os abandonarán a vuestra suerte.

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Hay que tener en cuenta que si no hay una represión a gran escala en Afganistán contra los que los talibanes consideran colaboracionistas y traidores, será porque no les interesa, no porque no puedan llevarla a cabo. Los talibanes, como se ve estos días en el aeropuerto, tienen la sartén por el mango sobre el terreno. Y solo harán las concesiones justas para que su régimen no vuelva a estar en peligro.

Otra lección importante es que, en política internacional, cuando alguien abandona una posición de poder, rápidamente es ocupada por alguien otro. En este caso vemos como Rusia y China, e incluso Irán, Pakistán y Turquía, están dando pasos para llenar el vacío dejado por norteamericanos y europeos.

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A este hecho se le suma la convicción de que los talibanes han podido subsistir estos 20 años gracias al apoyo externo (de Pakistán, especialmente), y la sospecha, lanzada por el experto Ahmed Rashid, que han sido asesorados militarmente para poder cerrar una exitosa y rápida ocupación de todo el país.

En el futuro habrá que utilizar todos los mecanismos de presión al alcance para evitar que se consolide un régimen represor de los derechos humanos que pueda irradiar a la vez al resto del mundo islámico. Lo que Estados Unidos no puede pretender es creer que, una vez fuera de ahí, ya se ha acabado. Precisamente la lección de los atentados del 11-S fue la contraria: que el campo de batalla contra el yihadismo es el mundo.