El legado de Maricarmen Abascal

Aunque estoy tentada de escribir con ternura lo que me pasó ayer por la cabeza cuando oí en la radio que Maricarmen Abascal había muerto en el hospital, no lo haré. Han sido más elocuentes otras personas que lucharon a su lado y que se han plantado en las plazas de Madrid y Barcelona, y también algunos políticos desvergonzados, con mucha cara.

Si ahora no es el momento para revisar el grave problema que tiene España con la vivienda, ¿cuándo lo será? Entiendo las reglas del capitalismo y del mercado, pero en materia de vivienda se ha llegado a un punto espeluznante. En el sector financiero hay mucha liquidez para los sectores residenciales (todo aquello que tiene camas, dicho en clave del sector inmobiliario) y logístico, pero se está jugando con material inflamable: una máxima del negocio inmobiliario tradicional había sido que los beneficios debían venir de la creación de valor, y de asumir riesgos. Construir un barrio nuevo, rehabilitar edificios centenarios o hacer una casa a medida es difícil, y por eso la gente paga mucho dinero por una casa. También hay compañías que prestan servicios de mantenimiento de edificios o que mejoran su sostenibilidad, y todo ello se convierte en un ahorro en reparaciones o consumos energéticos. Esto lo entiende todo el mundo, y es perfectamente comprensible que se aumenten un poco los alquileres si es que se ha colocado un ascensor nuevo, se ha renovado la fachada o se ha puesto suelo radiante.

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Pero en el piso de Maricarmen nadie hizo ninguna mejora. Digámoslo claro: fue una operación estrictamente especulativa. La empresa Urbagestión compró el piso por 247.000 euros. Haciendo matemáticas de primaria, a 500 euros al mes se recuperaría la inversión en 40 años. Este era el cálculo que un financiero responsable habría hecho. En lugar de eso, alguien hizo cuentas imprudentes, y especuló que podrían recuperar la inversión mucho más rápidamente si le exigían 1.600 euros al mes. En un edificio construido en el año 1952, en plena posguerra, una partida del Monopoly de 2026 pasó por encima de toda una vida doméstica, con la inestimable ayuda de unas leyes interpretadas para proteger a los inversores, más que a los residentes.

Históricamente, las carreras técnicas como la ingeniería y la arquitectura daban valor al sector de la construcción y movilizaban a pequeños inversores para edificar los barrios residenciales, con retornos de entre el 8% y el 10%, en ciclos de 10 años. Ahora el mercado de la vivienda ya no se reduce al equilibrio entre oferta y demanda; ha entrado en juego el valor futuro de los “activos” en ciudades históricas erigidas durante milenios. En el siglo XXI, en los centros urbanos, el sector financiero obtiene beneficios del 200% sin transformar físicamente la ciudad; sin mover ni una piedra, simplemente haciendo que las propiedades cambien de manos. Pero si los beneficios llegan sin crear valor, las ciudades se exponen a expulsiones masivas de personas mayores y trabajadores, externalizando los costes de estos desplazamientos al sector público. Se puede liberalizar mucho suelo y prometer que se darán licencias en dos meses, pero si continúa siendo más rentable comprar barato y vender caro, tampoco nadie querrá poner grúas y dirigir obras de decenas de operarios que se ahorran si solo tienen que pasar por la notaría.

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Creo que Maricarmen fue muy valiente, pero que la carga de una mujer sola y mayor, ante unos propietarios sin escrúpulos, muchas otras abuelas, viudas o jubiladas no la podrán asumir. Algunas por vergüenza, otras por impotencia, y otras por no cargar a la familia, simplemente se habrán marchado del piso. Pero Maricarmen plantó cara, y detrás de ella ciudades enteras se movilizaron. Esta es probablemente la parte más importante de su legado: la fuerza colectiva de los sindicatos, vecinos y algunos partidos ha podido más y ha doblegado a los propietarios, que se apresuraron a retractarse de los abusos. Ya era demasiado tarde, sí, pero quizás no lo es para las otras Maricarmenes que sufren en silencio. Sorprende que desde las cámaras de la propiedad nadie haya censurado el movimiento de Urbagestión.

Durante muchos años, el relato de las ciudades occidentales se miró en el espejo de las ciudades globales: los alcaldes querían centros tecnológicos y financieros, grandes torres de oficinas y competir por ser la sede de multinacionales. En pleno siglo XXI, estas agendas no se pueden llevar a cabo sin la garantía de que hay un parque público de viviendas para todos los bolsillos. Es así de simple: no habrá inversiones mientras las ciudades no sean lugares de estabilidad y los proyectos se validen con consensos amplios. Seguirá siendo importantísimo dibujar y planificar, pero sin licencia social el capital huirá hacia entornos más estables. Porque nadie instalará unas oficinas en una ciudad si sus propios trabajadores no pueden vivir en ella.

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Ayuso se permitió bromear con el tema: “¿A partir de qué edad se puede dejar de pagar al propietario?”, dijo, o algo similar. Aparte de miserable, la burla era muy corta de miras, y se le ha girado en contra. Porque ahora la ciudadanía mira también a la derecha y se pregunta, si gobiernan: ¿hasta cuándo podremos seguir fingiendo que el mercado de la vivienda se regula solo con un simple equilibrio entre la oferta y la demanda? Bienvenidos al siglo XXI, donde todo es bastante más complejo que lo que le permite el tuit de turno a la Sra. Ayuso. La muerte de Maricarmen ha hecho pensar, y eso es mucho más subversivo de lo que parece.