Lobo Antunes, de pie
Ha muerto António Lobo Antunes, escritor portugués, a los ochenta y tres años. Creo que ya no estaba de moda (no sé si alguna vez estuvo de moda), pero hay una serie de novelas suyas que tenemos traducidas al catalán: El manual de los inquisidores (Ediciones 62, traducción de Xavier Pàmies), El esplendor de Portugal, Exhortación a los cocodrilos y No entres tan rápido en esta noche oscura (Ediciones Proa, traducción de Joan Casas) y Ayer no te vi en Babilonia (El Gall Editor, traducción también de Joan Casas). Su lectura es absolutamente recomendable.
Lobo Antunes es un buen escritor para nuestros tiempos violentos, oscuros y temerosos, porque él mismo conoció de cerca la violencia, la oscuridad y el miedo y habló sobre ellos en sus libros. Ejerció como médico psiquiatra y tuvo que servir durante dos años al ejército a la larga y sanguinaria guerra colonial de Angola, una experiencia que enformó y determinó su escritura y su visión del mundo. El manual de los inquisidores propone una mirada a la dictadura de Salazar, en la periferia de la Guerra Fría, vistas por un ministro del régimen; Exhortación a los cocodrilos entrecruza a los monólogos de cuatro mujeres implicadas en un activismo armado a favor del general Spínola, que fue el primer presidente de la República portuguesa tras la caída del régimen salazarista con la Revuelta de los Claveles (Spínola también había ejercido el mando militar en Angola).
"Barcas de pesca españolas que hacían señales de luz delante de Peniche, de Cascais, de Tavira, en un grabado por encima del embajador los difuntos resucitaban medio desnudos en un paisaje de ruinas, en un segundo grabado Jesús caminaba sobre las aguas bendiciendo olivos mientras unos discípulos desperdiciados, rabiados, barbudos, dinero, droga, explosivos, lo que san Esteban escondía a los romanos, el dobladillo de la túnica, no era la comunión de los presos sino revólveres, minas, granadas, las cestas de comprar de los vecinos inmóviles en las escaleras, esperando de la misericordia del reuma que la yema de las articulaciones tuviera piedad, balo de la tienda mamá me hacía pedir fiados huevos y azúcar, los timbres parecían sonar en cavernas deshabitadas y despertar las colmenas, las bisagras giraban como cartulina que se rasga y mostraban una penumbra de sótano, armarios sin puertas poblados por las chaquetas sucias, ojos que miraban por encima.
Esta sonsonia perpleja, esta melopea levemente alucinada, es un fragmento deExhortación a los cocodrilos en la traducción de Joan Casas, que marqué cuando la leí, hace quizás veinticinco años. Suena imponente, como toda la literatura de Lobo Antunes, y suena temible como en nuestros días. Ahora se ve que los libros de Lobo Antunes eran un prontuario del miedo, quizás un conjuro para combatirlo, pero también un aviso de lo que venía y ya ha llegado, mientras él se marchaba con la dignidad intacta.