Luchar contra nuestro miedo

La mayoría de los muertos de los sucesos de Ceuta son adolescentes marroquíes o subsaharianos que respondieron a una llamada de las redes, una llamada como un juego o una apuesta. ¿Quién los empujó, quién los enardeció y animó? ¿Qué buscaban? ¿Qué buscaban el o los que hicieron la llamada, tan eficaz?

ARA publicaba el testimonio de uno de los chicos que llegaron a tierra, que decía que se pensaba que encontraría “indicaciones hacia Madrid y Barcelona”, hasta que —decía también— le pareció entender que estaba “en una isla”. Que no había llegado al nivel de un videojuego, donde tienes muchas oportunidades de repetir, te matan y vuelves, encuentras joyas explorando y tienes líquidos que te dan vitaminas y te devuelven la vida. Todo era broma (la llamada, nademos con el móvil en la mano, probemos) excepto la muerte. Los chicos estos —la mayoría de las decenas de miles que entraron de golpe en España eran chicos— han hecho gala de una trascendente y letal frivolidad. La misma que la de los nuestros, los que viven aquí, y también tienen móvil y también miran redes y siguen a los que les parece que “dicen las verdades”.

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Europa se mira a estos adolescentes con toda la desconfianza y todo el miedo. No son “miserables”, no son humildes, como se espera de los pobres, sino altivos. Parecen arrogantes, cuando exponen que tienen derecho a un hospital porque están en España. No huyen de una guerra, sino de un mundo cerrado. Se van de casa, con la impulsividad con la que hacemos todo ahora. Sobre todo son muchos, muchos, son muchísimos. Los habitantes de Ceuta se debaten entre el “¡apartad a las criaturas!” y el “no necesitamos salvadores y padres de la patria que nos vengan a salvar de ellos”.

No se puede hablar de miseria, de hambre. Las pocas mujeres que han llegado con bebés le parecen, al europeo, irresponsables como ellos, como estos jóvenes que juegan a fútbol en la playa soñando que alguien los fiche. Dan miedo porque son muchos. ¿Qué podemos hacer nosotros sino luchar contra este miedo? ¿Qué podemos hacer sino intentar no hacer caso de otras llamadas, igualmente frívolas?